mi Blog de una escritora aficionada: agosto 2009

domingo, 23 de agosto de 2009

La sala de estar de una frikie


Bueno, el otro día por fin compré las vitrinas para ponerlas en el estudio: en teoría para tener más espacio para mis libros, y es verdad, pero en la práctica para exponer mi colección de SaintSeiya. Pobrecitos míos, llevaban un año y medio metidos en sus cajitas porque no tenía dónde ponerlos, ahora los tengo mostrados en todo su esplendor.
Quizás desde esa distancia no se note, pero me faltas dos caballerosde oro, Acuario y Tauro, espero poder terminar pronto mi colección.
Por lo demás, estoy entusiasmada por como me han quedado expuestos, cada uno en una posición de ataque o defensa.

Aioros de sagitario arrodillado apuntando con su arco y Shaka de Virgo meditando, con Leo y Gémimis detrás de él.
Los caballeros del zodiaco, como era conocida la serie en españa, fue, creo, mi primer anime japonés, cuando tenía unos once o doce años. Era una serie típcamente de chicos, sobre todo en aquella época en la que la diferenciación sexual de la educacón era mayor que ahora. Aún así, siempre fui muy, muy fan.
Aquí los cinco protagonistas, los caballeros de bronce.
Siempre le tuve cierta manía a Seiya, y Hyoga siempre fue mi favorito, a pesar de su duelo patológico por la muerte de su madre. Shiryu siempre me cayó muy bien.
Tras muchos años sin saber nada de esta serie, y sin reposiciones en la television, se estrenó en Japón una nueva temporada, lo cual provocó un intenso revival de la serie, incluso aquí en España. Se editó la serie en DVD, Bandai lanzó dos series de miniatras de SaintSeiya y algunos canales han repuesto la serie en TV, lo cual me ha permitido recuperar la serie que marcó mi infancia.

viernes, 21 de agosto de 2009

Un error burocrático

Diego se dispuso a esperar la muerte. Sentado en su apolillado sofá de mohair, el anciano rememoraba su vida, que estaba siendo más larga de lo que él hubiese querido. Ahora a sus ciento ocho años, lo médicos decían que su caso era un milagro, y los periodistas lo llamaban para hacerle un reportaje por ser el abuelo de España. Diego bufó ante tanta tontería. Su cuerpo débil y marchito se negaba tozudamente a morir, no había porqué celebrar eso. Había sobrevivido a dos guerras, dos esposas, un infarto, y en los últimos años a tres intentos de suicidio, con los que sólo había conseguido unas costillas rotas y el sobrenombre de “viejo chiflado” en todo el vecindario. Él no quiso ser tan anciano, siempre creyó que su deber era morir en la guerra.

Otra vez volvió a verse a sí mismo cruzando el río en una barcaza, aquella noche de julio de 1.938. A la escasa luz de una luna decreciente, que parecía no querer traicionar el sigiloso paso del río, él y sus compañeros seguían al general Yagüe hacia la victoria o la muerte. Diego siempre se lamentó de que en la batalla del Ebro no hallara ninguna de las dos. Para él la guerra terminó en septiembre de ese año, cuando un bombardero alemán acabó de un plumazo con la vida de sus compañeros, y casi con la suya propia. Sus heridas debían haberlo matado, pero sólo le dejaron una enorme cicatriz, que aun mucho después de sanar siempre dolía. Vencido, herido y perseguido, terminó exiliándose a Francia lejos de su familia, de su partido y de su patria. La primera gran decepción de su vida a la que seguirían muchas otras.

Diego se removió, incómodo en el sofá ante ese recuerdo, y la vieja herida dolió otra vez, como antaño, sobre todo cuando hacía frío. Abrió los ojos un poco, lo justo para ver llover a través de la ventana. “Ojalá nieve este invierno”, pensó melancólico. Pero en Madrid no nevaba a menudo. Siempre le había gustado la nieve, le recordaba a los dulces años de su niñez, cuando el invierno se apoderaba del mundo y dejaba tras de sí un paraíso blanco, donde podía perderse y jugar. No le hubiese importado vivir eternamente si hubiese podido ser siempre un niño, despreocupado y feliz, pero la vida en las condiciones en las que la había vivido se le hacía insoportable y terriblemente pesada. “Debí haber muerto allí, en la batalla, con mis compañeros” se dijo por enésima vez. Después de eso, su vida había sido un calvario, y nunca había vuelto a conocer la felicidad, salvo una vez, y por un tiempo demasiado breve.

Se llamaba Catherine, y fue lo único bueno que encontró en Francia. La conoció en la primavera de 1.939, mientras el mundo disfrutaba del descanso entre dos guerras. Ella llevaba un ramo de rosas, y un vestido azul, y al verla por primera vez, Diego supo que la amaría para siempre. Se respiraba una paz forzada, latente, y todos se preparaban para afrontar el que sería el mayor conflicto de la historia. Seguramente por eso, en aquellos tiempos la gente actuaba como si el mundo fuese a acabar al día siguiente, y ellos no fueron una excepción. Se casaron en las postrimerías de ese verano, cuatro meses después de conocerse, y sólo un mes antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Un año más tarde el país ya había caído, pero la Francia de Vichy no era lo que Diego había esperado. Él ya había perdido su patria a causa de los fascistas, y no deseaba que la tierra de su esposa y su futuro hijo sufriera el mismo destino. Catherine estaba embarazada, y por eso él le prohibió participar en la Résistance como ella habría querido. Pero él la amaba demasiado, y deseaba sobre todo ver nacer a su hijo. Ironías del destino, no fue la peligrosa vida en la resistencia lo que acabó con ella, sino una imparable hemorragia por parir a un hijo que también se negó a quedarse en este mundo. Se hubiese llamado Manuel, como su abuelo, pero fue enterrado sin nombre.

Su primera impresión había sido acertada: toda su vida estuvo enamorado sin remedio de aquella mujer que lo había abandonado tan pronto. Incluso ahora, en la vejez de sus días, Diego se estremecía al recordar el contacto de aquellos labios contra los suyos, mientras un escalofrío de sensualidad recorría su espina dorsal. Pero la verdad es que ninguna mujer le había vuelto a producir las sensaciones que Catherine le producía: la más infinita ternura, el deseo más visceral. Ninguna. Ni las mujeres que calentaron su cama durante su época de maqui en los bosques de Francia, ni las que alegraron sus noches en la euforia que siguió al final de la Gran Guerra. Ni siquiera Inga, su segunda esposa, a la que juró amar y por la tuvo que violar un juramento por primera vez en su vida, porque nunca consiguió hacerlo.

En marzo de 1.946, Diego se dio cuenta de que el mundo conocía la primera primavera de paz desde que él conociera a Catherine, y aquel París tranquilo y lleno de flores le recordaba demasiado a la mujer con la que hubiese deseado envejecer. Huyó a la Unión Soviética, en busca de una vida que ya no podría tener en los dos países que tanto había amado, y volvió a ejercer la arquitectura, su profesión de juventud. Se instaló en Leningrado y contribuyó activamente a la reconstrucción de la ciudad. Se casó con Inga sólo porque ella le amaba y porque él estaba enfermo de soledad. Ella le dio dos hijos, Alexandr y Yegor, que ayudaron a apagar su melancolía a medida que crecían y se parecían cada vez más a su padre. Además, Diego se reencontró en Rusia con los inviernos nevados de su niñez, y aunque no volvió a ser completamente feliz, vivió una época de paz con la que nunca había soñado.

Pero al final, la Unión Soviética fue otra decepción para él, pues no era el perfecto país socialista que él había soñado. Demasiadas injusticias y miserias tuvo que ver para darse cuenta de eso. Y allí fuera, el mundo cambiaba rápidamente, aunque Diego apenas se percató, encerrado como estaba en sus amados inviernos blancos. Aires nuevos llegaban incluso desde España, que evolucionaba para dejar de ser ese país de luces y sombras, victoriosos y vencidos. Pero él no quería dejar Leningrado, no al menos hasta que Inga muriera, había jurado que se mantendría a su lado, y al menos ese juramento tenía que cumplirlo.

A las puertas de su novena década llegó a España de nuevo, y se encontró con una tierra que ya no entendía. Sus hijos, jóvenes y frívolos, se entregaron rápidamente a la comodidad del capitalismo, y la calidez del clima y las mujeres, perdidos en las noches madrileñas. Diego, compró un piso y se asentó, como un anciano más de clase media, mientras la televisión le contaba lo que pasaba a su alrededor. Aquí los inviernos no eran muy fríos, y aunque su cuerpo cansado lo agradeció, su corazón ansiaba ver nevar otra vez.

Abrió los ojos de nuevo y los enfocó en la repisa que había sobre la televisión. Allí expuestos, estaban los recuerdos de su vida: los rostros de sus hijos, la puerta de su casa en Leningrado, Inga sonriendo tímida, todos enmarcados en plata. Diego lamentaba profundamente no conservar fotografías de sus padres, de sus hermanos, de Catherine, aunque sus rostros nunca se borrarían de su mente. Volvió a mirar las fotografías de su hijos, jóvenes y sonrientes. Los había visto crecer, madurar, envejecer. Sus ojos se humedecieron mientras pensaba en el cáncer que se había llevado a Alexandr, y en la esperanza que se había llevado a Yegor, que pensaba que tras la caída de la Unión Soviética encontraría una nueva Rusia. Nunca volvió ver a ninguno de los dos.

Así se quedó solo al fin, ya cumplidos los cien años, acompañado solamente por los fantasmas de un pasado que recordaba demasiado vívidamente. Fue entonces cuando intentó suicidarse, una y otra vez, pero ni las alturas ni los venenos parecían tener demasiado efecto en él. Por eso al final, ya rendido se había sentado a esperar la muerte, una muerte testaruda que se negaba a acudir a él, aunque la llamara insistentemente. Se había propuesto no volver a levantarse de su viejo sofá, no volver a beber, no volver a comer, no volver a caminar. Sólo esperar, pacientemente. Tenía todo el tiempo del mundo.

Y así estuvo mucho tiempo, inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando gracias a la radio el susurro de los días pasar lentamente a través de él. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Pero Diego no se levantaba de su sofá, decidido a ser más testarudo que la misma muerte. No supo exactamente cuanto tiempo estuvo así, hasta que finalmente tuvo una extraña sensación, como si se hundiera y se elevara al mismo tiempo, y mientras su cuerpo caía laxo en el sofá, su espíritu se levantó, mirando hacia su maltrecho cadáver. No se sobresaltó en absoluto al ver una oscura figura cerniéndose sobre él. Se volvió y se encontró cara a cara con la Muerte, que le miraba fijamente con sus cuencas sin ojos. Un millón de preguntas y recriminaciones se agolparon en su mente, intentando reclamar la injusticia de tener que vivir tanto, cuando él no lo había deseado. La Muerte lo miró, y puso una descarnado mano sobre su hombro.

—Perdona que no haya llegado antes —le dijo con su voz de ultratumba—. Un error burocrático.

—¿Un error burocrático?

La Muerte asintió y se encogió ligeramente de hombros.

—Esas cosas pasan.

Diego negó con la cabeza incrédulo. Miró por la ventana y se sorprendió al ver que estaba nevando. Una sonrisa fue dibujándose poca a poco en sus labios, mientras pensaba que quizá ese era el momento perfecto para morir. Había cumplido su deseo de ver nevar por última vez. Sin apartar la vista de la ventana dijo:

—Más vale tarde que nunca.

Aun estaba sonriendo cuando siguió a la Muerte hacia su último destino.


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lunes, 10 de agosto de 2009

Un Buen Hombre

Este relato lo escribí como ejercicio para el taller de Fuentetajaliteraria, que mucho me ha enseñado, ¡que sería yo sin ellos! La premisa era escribir un cuento con un final inesperado, ccon un giro sorprendente, pero que no fuera incoherente ni surrealista. Dice mi profesora, Mi catalina querida, que lo conseguí. Lo escribí en uno de eseo momenteos que te sientas ante el teclado y las manos se mueven solas, ni siquiera sabía lo que estaba escribiendo, sino que fui descubriendo la historia a medida que la escribía, y sinetiendo que todo encajaba como las piezas de un puzzle. A ver que me dicen ustedes.

Un buen hombre

Me llamo José, José a secas por el momento. Soy un buen hombre, de verdad que lo soy. Amo a mi mujer, cuido de mis hijos. Trabajo de sol a sol para pagar las facturas, la hipoteca, el colegio de los niños. Todo el mundo dice que soy un buen padre, mis hijos me adoran. El mayor tiene ocho años, el pequeño tiene cinco. Llevo sus fotografías en la cartera. Se parecen a mí. O al menos eso dice mi madre, porque nunca he visto fotografías de cuando era niño. En aquella época las cámaras fotográficas eran algo que sólo tenían las familias adineradas, y la mía nunca lo fue. Y sigue sin serlo.

A veces pienso que nací para perpetuar la vida que mi padre tuvo. Él era albañil, como yo lo soy ahora. Él era muy pobre, igual que yo. También pienso que si no pongo remedio mis hijos continuarán mi vida, mi mediocre vida, y serán pobres y miserables, como su padre y su abuelo antes que ellos. Por eso les pago un colegio privado, porque tengo la esperanza de que hagan algo con su vida, que estudien carrera, que sean médicos, o abogados o arquitectos, como el capullo de mi jefe. O de mi ex- jefe, mejor dicho. Pero todavía no me acostumbro a esto. Diez años trabajando para él y ahora me echa sin darme siquiera las gracias. Expediente de regulación de empleo. Llevo meses oyendo esas palabras en las noticias, pero nunca pensé que me las dijeran a mí. Expediente de regulación de empleo, y mi vida se va a la mierda.

Puta crisis de los cojones. Explotó la burbuja del ladrillo. Todos sabíamos que este día llegaría. Pero cuando llega, me cago en la puta, cuando llega no te lo puedes ni creer. ¿Y ahora cómo pago las facturas, la hipoteca, el colegio de los niños? Con el subsidio del paro sólo nos da para comer, y encima quieren que les des las gracias.

Mis hijos lloraron cuando su madre les dijo que tendrían que cambiarse de colegio. Ya los ha matriculado en la escuela del barrio. Debían empezar el mes que viene, porque no tenemos dinero para que al menos terminen el curso. El colegio del barrio no es muy bueno. No vivimos precisamente en la mejor zona de la ciudad. Mucha droga, mucha delincuencia. Por eso mandamos a los niños a otro colegio. Nada bueno les pasará en la escuela del barrio. Si los dejara ir, terminarían dejando los estudios, frecuentando malas compañías, traficando con drogas. Mi mujer también lloró, pero eso los niños no lo vieron. Yo estoy llorando ahora, aunque no hay nadie aquí para verlo.

Quizá hay otra solución, pero yo no veo ninguna honrada. Ahora está muy de moda eso de robar. A la vecina de enfrente un hombre le robó las bolsas con la compra a la salida del supermercado. Lo siento señora, le dijo el tipo, son para alimentar a mis hijos. Yo podría hacer lo mismo, pero soy un buen hombre, un hombre honrado y no un ladrón.

Sigo llorando ahora, pero estoy más tranquilo. Esto es lo que tengo que hacer. Soy un buen padre. Un buen marido. No voy a ver a mi mujer pasando penurias, ni a mis hijos convertirse en una segunda edición de su padre, pobre y mediocre. No, eso no.

Miro a mi alrededor. Hay mucho silencio, aunque hace un momento los niños lloraban y mi mujer gritaba histérica. Ahora los tres yacen muertos en el suelo y el olor de la sangre impregna el aire. La escopeta es muy pesada. O será que estoy muy cansado. Haré lo que tenga que hacer, pero lo haré como un hombre. Dejo de llorar mientras dirijo el cañón a mi boca. Y disparo.


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domingo, 9 de agosto de 2009

Ya estoy de vuelta, se acabaron las vacaciones

Bueno en realidad sigo sin trabajar, hasta septiempbre no me incorporo, pero dejar el hotel es volver a mi rutina diaria, a mis preocupaciones, a cuidar de mi hermana y todo lo que eso implica.
La desconexión mental es la mejor medicina, olvidarse de todo durante una semana y hacerse la sorda y la ciega, para no ver, o para fingir no ver las cosas que nos acongojan. No quiero decir que me olvide de lo que tengo en mi casa, pero sí que al menos no lo tengo tan presente y puedo disfrutar un poco.
De todas maneras, la vuelta a casa no fue muy buena, porque mi hermana está cada vez más débil. Dice mi madre que hice bien en irme ahora, porque si lo hubiera dejado para más adelante a lo mejor no hubiera podido ir...Bueno, nunca se sabe, pero la verdad es que ahora tengo la sensación de que lo peor viene delante de mí, y que esta semana de relax me ayudará a afrontarlo mejor.
Sé que la palabra terminal tiene unas connotaciones muy malas y es una de esas palabras casi tabús, como cáncer, pero ambas tengos que aplicarlas a mi hermana pequeña. POdría decir que estoy cabreada, pero no lo estoy, sólo estoy triste y decepcionada, pero también me siento en paz conmigo misma, sabiendo lo que va a pasar e intentando prepararme para ello. Ahora, me he mudado de nuevo a casa de mi madre para poder estar todo el tiempo posible con mi familia y apoyarles en lo que nos viene, intentando disfrutar al máximo el tiempo que me queda con mi hermana.
Vosotros sabéis que yo no suelo hacer esto, que no suelo poner entradas tan personales, de hecho no pensaba hacerlo, lo he escrito sin querer, como una catársis. Pido disculpas por romper este ambiente tan frívolo que casi siempre tiene mi blog, supongo que esta entrada es incongruente, pero tenía que escribir algunas cosas.
¿Veis por qué me entristece tanto que acaben las vacaciones?