mi Blog de una escritora aficionada: abril 2009

jueves, 23 de abril de 2009

Clase de Literatura

Ahí va otra de mis pequeñas obras. Este relato lo realicé para el taller Oghmios de Literatura Homoerótica.
Entré en clase a las ocho en punto como cada día, pero me sorprendió comprobar que no había nadie y que todos los pupitres estaban vacíos. Miré a mi alrededor atónito, buscando una explicación para la ausencia de mis compañeros. El timbre que marcaba el inicio de las clases sonó al tiempo que oía como la puerta del aula se cerraba detrás de mí. Me giré despacio, para encontrarme de frente con esos ojos que me roban el aliento cuatro horas a la semana. El tiempo se detuvo un instante, quedó suspendido en algún lugar de mi conciencia al ver como Carlos, mi maravilloso profesor de literatura, se acercaba a mí moviéndose de una manera sinuosa muy impropia en él.
—¿No ha llegado nadie? —preguntó mirándome con intensidad.
—No —dije con un hilo de voz.
Los dos primeros botones de su camisa estaban desabrochados y su morena piel quedaba expuesta. Quise acariciar el tibio vello de su torso y hundirme en el profundo olor que emanaba de él. Tragué saliva con dificultad mientras intentaba apartar mi mirada de su anhelante pecho.
—Bien, entonces tú y yo estamos solos —llegó hasta mí y acarició mi rostro con infinita ternura mientras su perfume me invadía—; voy a tener que darte una clase privada.
—¿De literatura? —pregunté muy nervioso.
Una curiosa sonrisa se insinuó en sus labios.
—No, de eso no —dijo mientras acercaba sus labios a los míos en un camino lento, pero inexorable.
Dejé que me atrapara en su beso y en su olor. Hundí mis manos en su sedoso cabello mientras él introducía sus dedos, como trémulos tentáculos, por el interior de mi camisa. El contacto de sus manos contra mi piel me hizo gemir.
—Carlos —jadeé cautivado por su contacto.
—Mi precioso niño —dijo a su vez con los labios hundidos en mi cuello, mordisqueando mi piel, haciéndome enloquecer con las palabras que deseaba escuchar—, siempre te he deseado…
Llevé mis manos a su camisa y la desabotoné con ansia, sólo para poder hundir mi nariz en su pecho y aspirar el profundo perfume de su virilidad. Carlos era tan hombre, tan guapo, tan fuerte, y yo lo deseaba tanto.
Me elevó, cargándome por debajo de las axilas, hasta dejarme sentado en la alta mesa desde donde nos daba clase. Sentí bajo mi piel la fría madera pulida y sólo entonces me di cuenta de que toda mi ropa había desaparecido. Me estremecí. Entre besos, Carlos me miraba lleno de pasión.
—Eres tan hermoso, mi dulce niño —sus palabras acariciaban mis sentidos— tan hermoso…
Un gemido entrecortado escapó de mi garganta mientras el deseo fluía imparable por mis venas. No sentía vergüenza sino ardor, un ardor incontrolable que me hacía querer revolcarme con él como un perro en celo. Le atraje hacía mí, sumergido por completo en esta realidad sin pudor, rodeando su cintura con mis piernas hasta que nuestros miembros se rozaron deliciosamente. Me restregué contra él en un intento de aplacar esa ansiedad que me corroía por dentro, mientras con mis manos descorría los cierres de su cinturón. Sus pantalones cayeron, derramándose por sus piernas al tiempo que quedaba a la vista su tibia y palpitante carne. Le toqué, ansioso de sentir su fuerza bajo mis manos, deseando entregarme a él con cada fibra de mi ser. Insinuante, me tumbé sobre la mesa invitándole a acercarse más, mientras se mantenía entre mis piernas, acariciando mi cuerpo con avidez y mirándome con deseo.
—Mi pequeño, mi hermoso pequeño —sus labios pronunciaron las palabras sin moverse, mientras sus manos tanteaban hambrientas mi entrepierna.
Abrí las piernas, entregado por completo a él, mientras sentía cómo su hombría se adentraba en mí, llenando mis entrañas con calor y placer. Carlos dentro de mí, abrasándome, mientras agarraba mis caderas con sus manos, apresando mi carne entre sus dedos hasta hacerme sentir un agradable dolor. Me apreté contra él para hacer la penetración más intensa y él incrementó el ritmo de sus embestidas. Mi cuerpo se estremecía sin ningún control mientras clamaba por el desahogo del orgasmo y Carlos, que no apartaba sus ojos de los míos, jadeaba con cada furiosa embestida. El mundo a mi alrededor pareció desaparecer mientras me corría, o quizá era yo el que se desvanecía: ya no sentía la dureza de la mesa debajo de mí, ni a Carlos en mi interior. Cerré los ojos, confuso, mientras intentaba recuperar el control de mi cuerpo y de mi mente. Un insidioso zumbido comenzó a sonar más allá de los límites de mi conciencia. Me sentía desorientado, ¿era el timbre que marcaba el final de la clase? Volví a abrir los ojos, pero Carlos no estaba allí. Ni él, ni la clase, ni los pupitres. Me giré confuso y me encontré en mi propia cama. Alargué el brazo y apagué el despertador con un manotazo, al tiempo que caía dolorosamente en mi propia realidad. Eran las siete de la mañana y tenía que vestirme para ir a clase. Pensé, apesadumbrado mientras me ruborizaba, que a primera hora tendría literatura. Me senté en la cama y aparté la manta, sólo para encontrarme completamente manchado: mi semen se había derramado en mi pijama y entre la ropa de cama.
—Mierda —mascullé—, encima voy a tener que cambiar las sábanas.
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lunes, 13 de abril de 2009

Nueva política de amazon

Me acaban de mandar un mail sobre esto y es muy fuerrrte.
Al parecer, Amazon tiene nueva política en la que los libros clasificados como "adultos" dejan de mostrarse en los ranking de venta.
El caso es que parece ser que el "filtro" para clasificar el material no es el más adecuado y la EAA (Erotic Authors Association)  ha preparado una petición.
Yo ya he firmado la petición , reproduzco la traducción que ha hecho Aurora Seldon (gracias por el aviso) de ella:

Los abajo firmantes mostramos nuestra fuerte protesta hacia la política de “Adultos” que Amazon ha descrito en la carta en cursiva que citamos:

"En consideración de todos nuestros clientes, el material “adulto” se excluye de aparecer en algunas búsquedas y listas de Best Sellers. Como estas listas se generan usando las estadísticas de ventas, los materiales de adultos también serán excluidos de estas estadísticas.

Por lo tanto, si tienen más preguntas, por favor escríbannos.

Saludos cordiales,
Ashlyn D
Member Services
Amazon.com Advantage

Encontramos hipócrita que Amazon continúe vendiendo libros para adultos pero piense que retirándolos de las estadísticas de ventas (quitándolos de los ojos del público) lo logrará.

Nos gustaría escuchar el razonamiento para permitir estadísticas de ventas para libros explícitos con romances heterosexuales como:

--Playboy: The Complete Centerfolds por Chronicle Books (fotografías de casi 600 mujeres desnudas)
-- 
Sweet Savage Love  de Rosemary Rogers (romance heterosexual explícito);
-- 
The Wolf and the Dove  de Kathleen Woodiwiss (romance heterosexual explícito);
-- 
Skye o'Malley  de Bertrice Smal que son todos romances heterosexuales explícitos
--y Lost Girls de Alan Moore (que es una novela gráfica sexual muy explícita)

No obstante, los siguientes libros, que tienen orientación gay o lésbica, han sido clasificados como “libros para adultos” y retirados de las estadísticas de ventas:

--La novela clásica de Radclyffe Hill de la época Victoriana, The Well of Loneliness, y que no contiene ningún párrafo de descripción sexual;
--La novela de Mark R Probst The Filly acerca de un hombre joven en el viejo oeste, que descubre que es gay (romance gay, sin sexo);
-- 
Lessons in Love  de Charlie Cochrane (romance gay sin sexo);
--
The Dictionary of Homophobia: A Global History of Gay & Lesbian Experience, editado por Louis-George Tin (no-ficción, publicación histórica y social);
--y 
Homophobia: A History por Bryan Fone (no-ficción, orientada a la historia y a la forma en que los antiguos prejuicios contra la homosexualidad se han desarrollado a lo largo de los años).

Por favor explíquennos, señores de Amazon, por qué se permite que los libros explícitos con una orientación heterosexual mantengan sus estadísticas de ventas, mientras los romances no explícitos, las novelas históricas y biografías que tocan temas gays o lésbicos, no las mantienen.

Nos gustaría oír vuestro razonamiento.


Si desean firmarla, el enlace es éste:
http://www.thepetitionsite.com/1/in-protest-at-amazons-new-adult-policy

QUieren llegar a 10.000 firmas, van casi por 9.000, pero cualquier ayuda se agradece.
Yo me siento aludida, porque yo compro cómics yaoi en Amazon (como junjo romántica o loveless), 
y aunque en el manifiesto no lo dice, seguro que estos mangas también entran en esa política.
Bueno, indignada, os dejo

sábado, 11 de abril de 2009

Bienvenida Dorianne y otras cosilas

Hola y bienvenida a una nueva seguidora (como sólo tengo dos toca mimarlos un poco, no?).
Gracias por tu comentario y por pasarte por aquí. Encantada de que me conozcas, porque yo ya te conocía a ti, no sólo porque sigo tu blog desde hace poco, sino porque soy una de tus lectoras en slasheaven, y susurro de besos me encanta, uno de los mejores originales que he leído (allí mi nick es Thuringwethil). No me he leído el comic, pero un día me animaré y lo compraré (ufff tantas cosas pendientes). Me resulta muy halagador que precisamente tú me digas que te gusta mi historia. Reitero lo que dije en tu blog, ten por seguro que recurriré a ti si necesito un dibujo.
Pues nada más, siéntete como en tu propia casa.
Por lo demás ya es sábado y mis vacaciones están a punto de terminar, buuaaaa! Me deprimo. Me voy que mi nene me está llamando (para que será??)

jueves, 9 de abril de 2009

Ya tengo un seguidor

Y por eso ya no me siento sola en el mundo, ufff que alivio, pensaba que estaba escribiendo para los ángeles.
A tí Pablo, sólo puedo decirte que como puedes ver, eres mi primer seguidor (tendré que darme las felicidades a mí misma más tarde). Me alegra que te guste al blog, gracias por pasarte aquí y leer mis cosillas algunas son un poco guarillas pero como ya tienes experiencia ;)
No hace falta que me des las gracias por los ánimos, porque me has devuelto el favor encanto. En cuanto a lo demás, lo más importante es lo que ya te dije en tu blog, creo que es el mejor consejo que puedo darte, no voy a ponerme en plan madre contigo, porque no tengo edad suficiente, pero siéntete aquí como en casa.
Bueno, esperando que se una alguien más a mi pequeño mundo lleno de perversiones, me despido por hoy. Quizá esta noche cuelgue el segundo capítulo de A través del sexo.

miércoles, 8 de abril de 2009

Que duros son los inicios

Eso llevo pensando toda la tarde, y el inicio de un blog no va a ser menos, no sé si es que a nadie le intereso o es que aún no me han descubierto. Pero bueno aquí estoy, escribiendo un poquito.
Ahora estoy más tranquila, pero hace un rato me cogí un rebote tremendo por una tontería...menos mal que mi niño estaba aquí para achucharme. Es increíble como alguien puede conocerte tanto como para saber lo que necesitas en cada momento. Supongo que es porque llevamos mucho tiempo juntos, y nadie me conoce mejor que él, no hay nada de mí que no sepa, o al menos nada importante. 
Eso me recuerda, que hace un momento, navegando por la bl0gosfera, encontré el blog de un chico muy jovencito, de quince o diecisesi años, que estaba muy contento porque acababa de hacer un mes con su chico, y cintaba como había tenido sus primeras experiencias sexuales con él. A parte de que me ha traído recuerdos de mi juventud, me ha hecho tener una conclusión, que me estoy ahciendo mayor, porque lo primero que pensé fue, vaya con el criajo, con esa edad y ya haciendo esas cosas, pero luego me vi a mí misma con dieciseis años montándomelo con el chico con el que llevaba saliendo tres semanas (resulta que ese chico es ahora mi maridito). Ufff, hay que estar siempre en perspectiva eh?

sábado, 4 de abril de 2009

Veinte años de oscuridad

Este relato lo escribí para el II concurso de relatos cortos del CELP, y gané con él el segundo premio.
Como todos mis relatos, este está también registrado.

Veinte años de oscuridad.

I

—¿Enfermera? ¿Está usted ahí? ¿Enfermera?

—Aquí estoy —una voz tranquilizadora me envolvió mientras sentía una tibia mano que se deslizaba por mi frente—. Voy a ponerte el termómetro.

—Sí —dije—, creo que tengo fiebre. Siento escalofríos.

Sentí una pequeña intrusión en mi oído y un pitido.

—Tienes razón, treinta y ocho y medio.

Asentí levemente.

—Sí —casi un susurro—, siempre siento escalofríos cuando tengo fiebre.

Oí como la enfermera salía de la habitación, con sus pesados zuecos de madera resonando sobre el mármol. Cerré los ojos e intenté descansar, pero me sentía muy mal, y la tiritona estaba haciendo presa de mí. Mi compañero de habitación tarareaba una vieja tonada. Era un hombre muy anciano, que tenía una voz grave y seca.

—Tomás, Tomás —el hombre dejó de tararear, pero no me contestó—. Tomás, ¿qué canción era esa?

—¿Te gusta, eh? —preguntó él a su vez.

—Sí —admití—, es muy bonita.

—Es la canción de Casablanca, ya sabes: “Tócala otra vez, Sam” —dijo esto último poniendo una voz muy varonil—. Sabes ¿no?

—No, no he visto Casablanca.

—¿Qué no has visto…? Bah, claro, en tu situación no me sorprende. Ah —suspiró melancólico—, es la mejor historia de amor que jamás se haya contado.

—¿Mejor que Romeo y Julieta?

—¿Cuál?

—Sí hombre —insistí—. Romeo y Julieta de Shakespeare.

—No lo sé, no he visto esa película.

Definitivamente Tomás y yo no tenemos los mismos intereses. Oí de nuevo los pasos rítmicos de la enfermera avanzando por el pasillo.

—Esa chica es muy guapa.

—¿Quién? ¿La enfermera?

—Sí, con ella me hacía yo un Casablanca, y un Lo que el viento se llevó si hiciera falta. No espero que tú lo entiendas —añadió muy serio—, no quiero ofender, pero eres tan…

—¿Joven? —intenté terminar su frase, pero la llegada de la enfermera nos interrumpió.

—Aquí estoy de nuevo —otra vez esa voz, que me calma como un bálsamo y ese olor a moras. La chica tomó mi mano y empezó a manipular la vía—. Esta medicación hará que te baje la fiebre, ¿de acuerdo?

Asentí sumiso. Puede que yo no entienda de esas cosas, pero en realidad yo también pienso que es muy hermosa.

Llevo ya casi un mes ingresado. Yo, que odio los hospitales a morir. Vaya que frase tan irónica, porque para eso estoy aquí, para morir. Y si los odio es porque en el pasado los he sufrido más tiempo del que soy capaz de recordar. El olor de los antibióticos y de las heridas infectadas, los ruidos de los monitores, los médicos paternalistas y las enfermeras antipáticas. Pero esta vez quiero que sea diferente. Ya tengo veinte años, y sé que no llegaré a los veintiuno, nada de paternalismos por favor. Por lo menos eso fue lo que le dije a mi médico la primera vez que vino a verme: “Dígame la verdad doctor Ojeda, que ya somos mayorcitos, y yo, créame doctor, soy capaz de ver la verdad mejor que nadie”. Eso le hizo reír, y ahora resulta que le caigo bien. Por eso creo detectar un tono de desesperación cada vez que habla conmigo, cada vez que me dice que ese tumor inoperable que tengo crece más y más, y que incluso, con el tratamiento paliativo avanza más rápido de lo que era de esperar. O tal vez no sea porque le caigo bien, sino porque soy joven y él tiene un hijo de mi edad, y porque al fin y al cabo, si yo mismo no fuera yo mismo, también me tendría pena. Pero resulta que no tengo ganas de auto compadecerme, quizá sólo sea porque soy un testarudo y nunca hago lo que se supone que debo hacer, o quizá porque tengo ganas de disfrutar estos pequeños momentos que me quedan, y no perder el tiempo con ese estúpido duelo, que según la psicóloga que viene a verme tengo que pasar.

—La primera fase es la negación —me dice.

—Qué negación ni que ocho cuartos, si me tengo que morir pues me muero, para que negar lo evidente. Lo que pasa es que me cabrea.

—Ah claro, tú ya has pasado a la segunda fase —y añade son voz de interesante—. La ira.

—Mire señorita, la única ira que yo tengo es la que usted me provoca con tanta tontería.

Desde entonces la psicóloga viene a verme con menos asiduidad, y creo yo que es un poco más antipática conmigo.

—Hola cariño, ¿cómo estás? —mi madre, siempre tan solícita, que viene a verme cada martes y cada jueves. El resto de los días tiene clases de pádel. Siempre pienso que es una pena que sus clases no sean diarias—. Te he traído bombones, de esos con avellanas, que te gustan tanto.

—No tenías que molestarte, mamá.

—Sí ya lo sé hijo, pero deja que te mime un poco —y planta un sonoro beso en mi mejilla. A buen seguro que me ha manchado de carmín.

Suspiro pesadamente, y no digo nada más. Cada cual descarga su conciencia como puede, y mi madre tiene mucha mala conciencia que descargar. Mientras, ella mariposea por la habitación quejándose de todo lo que ve.

—Esta habitación es una porquería. De hecho, este hospital es una porquería. Podrías estar en la clínica hijo, que para eso pagamos el seguro.

Mi madre parlotea nerviosa, mientras pasa revista a mis cosas como un coronel a sus tropas.

—Prefiero la pública mamá, que para eso pago mis impuestos.

—Sigo pensando que es una tontería hijo, pero haz lo que quieras.

Oigo pasos de zuecos de madera viniendo hacia mi habitación.

—Con permiso —mi enfermera entra despacito, quizá intimidada por mi madre y su actitud francamente hostil ante todo el personal de la sanidad pública. Así es mi madre, toda encanto—. Es la hora de tu medicación.

Su mano se apoya en mi brazo con suavidad, y me estremezco, aunque sé que es sólo para abrir la vía.

—No mamá, hay cosas que uno no encuentra en una clínica privada.

II

Me duele la cabeza, y me zumban los oídos. No puedo dormir. Toco el timbre, y espero lo que parece una eternidad. Hubiese llamado antes si ella hubiese estado esta noche, pero no le toca hasta mañana. Es irónico, me sé su horario de memoria cuando siempre he sido un despistado incapaz de recordar ni las fechas de los cumpleaños. Mi profesor de latín decía que cada cual memorizaba más rápido lo que más le interesaba. Ese hombre era un sabio, y yo sin darme cuenta hasta ahora.

—¿Qué quieres? —pregunta una impertinente voz por el interfono.

—Me duele la cabeza —consigo musitar.

—¿Cómo?

Antes de que pueda contestar, oigo la voz de Tomás vociferando a mi lado.

—¡Que me estoy meando!

—Vale, vale. Ya voy.

Oigo a Tomás reír.

—Es que si no, no vienen más nunca.

Intento sonreírle, pero un acceso de náuseas me congela el gesto.

—Aguanta un poco niño, que ya vienen.

Duermo toda la noche, después de que me pongan un calmante, pero tengo pesadillas en las que parece que me ahogo, y no puedo descansar. El nuevo día me encuentra con los párpados pegados y casi incapaz de moverme. Oigo el trajín de las mañanas, las enfermeras con sus carros de un lado a otro del pasillo, las auxiliares entrando y saliendo de las habitaciones, los médicos hablando gravemente en susurros. Deseo que se olviden de mí, y que no vengan a bañarme, ni a verme. Que me dejen en paz. Pero no tengo tanta suerte.

—Buenos días —aquí llega Margarita con su incombustible buen humor—. A bañarse guapito.

—Hoy no quiero bañarme —susurro.

—¿Cómo no vas a querer? —Margarita ya está enfrascada en la tarea de desnudarme, mientras oigo como su compañera llena una palangana con agua en el baño.

—Estoy tan cansado.

—¡Habráse visto! —exclama con indignación—. ¿Tú te lo puedes creer Lorena?

¡Es ella! Lorena, mi enfermera, que entra con sus pasitos de madera en la habitación. De repente soy consciente de mi desnudez y me siento indefenso, pensando que ella está de pie frente a mí y me está viendo en estas condiciones. Me ruborizo furiosamente.

—No seas mala con el chico, seguro que sí se quiere bañar y sólo está de broma, ¿verdad?

Asiento en silencio, ¿cómo llevarle la contraria? Ella parece contentarse con eso y se limita a ponerme la medicación.

—Me dijeron que pasaste mala noche. ¿Estás mejor? —esa voz tan dulce.

—Sí —le contesto.

“Ahora estoy en el cielo”, pienso sublimado por el perfume que ella desprende. A moras, siempre huele a moras.

III

Han pasado dos semanas y me toca de nuevo revisión en el escáner, esa máquina odiosa en la que me siento atrapado y que emite unos zumbidos insoportables. Pero lo peor no es eso, lo peor es que sólo me da malas noticias.

—Esto es muy serio muchacho, no estoy bromeando —el doctor Ojeda parece muy triste hoy—. El tumor está avanzando muy rápido, a este paso…

—¿Cuánto tiempo? —pregunto fríamente. Jugar a hacerme el duro siempre ha sido uno de mis pasatiempos favoritos.

—Eso no lo sé, pero no mucho. Lo siento.

El doctor pone una mano en mi hombro y me da un suave apretón, antes de salir de la habitación.

—Ejem.

Mi compañero se revuelve incómodo en su cama.

—¿Sí Tomas?

—Eso ha sido un buen trago.

—Sí, es verdad. Lo ha sido —admito suavemente. Lo que es cierto, es cierto.

—Que vida más puta. Con perdón.

—No lo perdono Tomás, que tiene usted toda la razón. Esta vida es una reputa.

El viejillo se ríe socarrón.

—Eso querría yo, pero aquí no me dejan traer una.

—Está hecho usted un Don Juan, siempre pensando en lo mismo.

—Hay que ponerle sal a la vida. Y las mujeres son lo más salado que conozco.

—Picantes Tomás, que son picantes.

—Como tú quieras muchacho, como si las prefieres más bien dulces, como la enfermerita esa —y se ríe con conocimiento—. Lo importante es tener una mujer al lado, para darle un sentido a la vida.

Un nudo de angustia se aposenta en la boca de mi estómago.

—Quizá es ya un poco tarde para eso, ¿no le parece? —le respondo agriamente.

Tomás se queda callado. Creo que le he dado un buen corte. No era mi intención, pero no me disculpo. Hoy yo también estoy un poco triste. “Sí, me gustan más bien dulces”, pienso para mí “me gustan las moras”.

Lorena se pasea por la habitación, llenando el aire con su fragancia. Pero no está aquí para atenderme a mí, sino a Tomás. Siento cierta envidia.

—Y tú, ¿no estás casada?

—No Tomás, no lo estoy.

—Vaya que pena, una chica tan guapa. ¿Y novio, no tienes?

—No, no tengo. Date la vuelta.

—Pues no lo entiendo, si yo tuviera veinte años menos…

Ella se ríe, un sonido cristalino que me congela.

—Querrás decir cuarenta años menos.

—¿Qué pasa? ¿No te gustan maduritos?

Ella vuelve a reír, y yo siento que me derrito como un cubito de hielo.

—Porque si te gustan jovencitos, yo conozco a más de uno que…

Siento pánico de que Tomás se vaya de la lengua.

—Tomás, ¿cómo se llamaba aquella película? —interrumpo sin pensar, y me avergüenzo de mí mismo.

—¿Cuál?

—La de la canción.

—Ah esa, Casablanca hombre. Que mala memoria tienes.

—Que bonita, me encanta esa película —la voz de Lorena adopta un tono melancólico que me resulta encantador—. Siempre la veo con mi madre, cada año en Navidad. Esa y también Que bello es vivir.

—Mira la niña —Tomás se ríe—. Además de bonita le gusta el buen cine.

—Sí, me encanta el cine, sobre todo si es en blanco y negro.

—¿En blanco y negro? —pregunto curioso.

—Sí, el cine que no es en color. Date la vuelta otra vez Tomás. Así, ¿estás cómodo?

—Sí preciosa.

—Pues hala, ya he terminado en esta habitación.

Y se va. Pero deja su perfume detrás, como si me hiciera un regalo.

IV

Hoy me siento extraño, más cansado que de costumbre. No llamo a las enfermeras ¿para que? En realidad no me duele nada. Tomás también está raro hoy, muy callado, lo que en él no es habitual. No habla, no canta, ni les echa piropos a las enfermeras. Creo que hoy tiene que pensar. Su hija le ha hecho una visita, y han tenido una pequeña discusión. No oí lo que decían, pero hablaban con una tensión mal disimulada.

Sin su amena conversación descubro que me aburro mucho. La ociosidad es lo peor para las mentes, las hace pensar, y eso es lo que yo hago. Pienso en mi vida, en lo corta que me está resultado, en todo lo que he sufrido, desde mi infancia de niño enfermizo, hasta mi madurez apenas alcanzada, con este cáncer que se come mi cerebro. Pienso en lo injusto que es tener que morir sin haber hecho todo lo que quería hacer: no me dio tiempo de terminar la universidad, nunca me he enamorado, jamás veré el mar. Recuerdo los buenos momentos que he pasado, pero me saben a poco, y me dejan la sensación de tener cenizas en la boca. Río amargamente y pienso que al menos la psicóloga no está aquí, viéndome ahora y entonando con esa voz suya tan de sabelotodo: “Vaya que interesante, ahora estás en la fase de depresión”.

—¿Te da miedo morir? —Tomás me saca de golpe de mis pensamientos, con su habitual brusquedad.

Me quedo callado un momento, pensando qué contestarle, pero me doy cuenta de que hoy no estoy de humor para hacerme el duro.

—Un poco —contesto al fin.

—A mi me da mucho miedo. Mi hija dice que me voy a poner bien, que sólo estaré aquí unos meses, y que me voy a poner bien. Me parece que esa hija mía no se da cuenta de que yo sé leer.

—¿A qué se refiere?

—A que en el cartel de la puerta dice “Unidad de Cuidados Paliativos”. Cómo si yo fuera tonto —da un sonoro resoplido—. Ella quiere convencerme, pero yo sé que voy a morir, igual que lo sabes tú. Eres muy valiente ¿sabes?

—No es valor Tomás, es que no me queda más remedio que aceptarlo.

—Eso es valor hijo mío —me contesta con la voz rota—. Valor y entereza.

Al final del día, mi malestar inespecífico se concreta en unas fieras náuseas, que no me permiten ni retener el agua que bebo. Doy gracias al cielo de que Lorena esté trabajando esa tarde, y que sea ella la que esté a mi lado mientras vomito, poniendo su cálida mano en mi frente, apartando mis cabellos del rostro.

—¿Ya está? ¿Se te ha pasado?

—Creo que sí —me recuesto sobre la almohada y oigo como se aleja de mí, para tirar las bateas sucias al contenedor. Luego vuelve a mi lado y toca mi brazo con delicadeza.

—Te voy a poner un suero, con una medicación para quitarte las náuseas. Luego podrás cenar un poco si te apetece.

Aún me siento mal, pero intento contenerme. Respiro profundamente un par de veces en un intento de aclarar mi mente y acallar ese profundo malestar que me atenaza.

—Espero que haya chuletas —digo con una sonrisa.

Eso la hace reír.

V

Me han trasladado a una habitación mejor, más grande. Estoy solo y tengo una televisión que no es de pago y un sofá- cama para un acompañante. Pero solamente un tonto se alegraría de un cambió así. Esto es una mera cortesía porque me estoy muriendo.

En realidad echo de menos a Tomás. Si estuviera en mi mano, pediría que me llevaran de nuevo a mi antigua habitación, para tener con quien charlar, pero comprendo que las enfermeras quieren ahorrarle a Tomás y su familia el ver cómo me muero. No es de buena educación morirse delante de los demás.

De todas formas, agradezco la calma que la soledad me proporciona. Y por otro lado, las enfermeras entran aquí más a menudo, para administrarme calmantes, para charlar conmigo y para ver si sigo vivo. Lo que significa que paso más tiempo con Lorena.

Mi madre no ha venido en toda la semana, pero no creo que sea porque esté ocupada con el pádel. Sencillamente creo que hay cosas que ella no puede afrontar, y ver morir al hijo imperfecto, que fue una gran decepción y al que nunca ha sabido amar, debe ser una de ellas. Supongo que es difícil enfrentarse a la muerte, aunque no sea a la propia.

Así que me paso la mayor parte del tiempo solo, leyendo o escuchando música, eso siempre y cuando los calmantes estén haciendo lo que deben estar haciendo. Cuando no, me acurruco en mi cama, cierro los ojos muy fuerte y espero que todo pase, como si fuese una pesadilla de la que espero despertar tarde o temprano.

Una noche me despierto bruscamente, a causa de una intensa sensación que me embarga. Me siento desfallecer. El aire me falta, y un desagradable quejido sale de mis pulmones. Siento los párpados pesados, y una pesada somnolencia se apodera de mí. Me asusto un poco, ¿estaré agonizando? Busco con manos temblorosas el timbre de llamada y lo acciono con ansiedad. Oigo pasos que se acercan con rapidez. Para mi alivio, huelo a moras antes de que se abra la puerta.

—¿Qué pasa?

—Lorena —es la primera vez que la llamo por su nombre. Oigo el monitor a mi izquierda pitar con cierta insistencia.

Ella se queda un instante en el umbral de la puerta, como paralizada.

—¡Dios mío! —exclama finalmente—. Voy a llamar al doctor.

Y se dispone a irse.

—Lorena —vuelvo a llamarla, saboreando su nombre—. Lorena ven,… Lorena, por favor, no me dejes solo.

Oigo sus pasos acercándose a mí lentamente, como si estuviera asustada. Tiendo mi mano hacia ella, y la sostiene entre las suyas.

—No Lorena, no es eso —digo con cierta impaciencia—. Déjame verte, Lorena.

Abro los ojos y la miro sin verla, con esos inútiles ojos míos, mientras levanto mi mano hacia su rostro, para leer en él. Pómulos altos, nariz estrecha, labios carnosos, ojos enormes. Creo que me he enamorado.

Una gota cae sobre mi rostro y se desliza hasta mis labios, dejándome probar el amargo sabor de las lágrimas. Mi enfermera llora por mí porque ni yo mismo puedo hacerlo. Mis ojos son inútiles hasta para eso. Oigo un pitido aún más fuerte, y mi mente empieza a desvanecerse.

“Sí” pienso con mi último aliento “creo que me he enamorado”.



Esta obra está registrada en el Registro General de la Propiedad Intelectual. Todos los derechos reservados

jueves, 2 de abril de 2009

Esta es mi primera entrada.

Pues eso, esta es mi primera entrada y este es mi primer blog, espero ir habituándome poco a poco con su funcionamiento.
Acérrima oponente a la publicación de la vida privada en  internet, aquí estoy, para compartir al menos un pequeño espacio de mi vida con quien quiera leerlo, el relativo a la literatura homoerótica, el slash y el yaoi.
Iré publicando las historias que escribo y quizá algo más, de momento no lo sé.
Bueno, me despido por el momento para seguir personalizando mi página.