Concurso de Navidad
Ganadora del concurso de microrrelatos encadenados, 2ª edición.
La verdad es que esta vez el ganador no se ha decidido hasta el último momento, la votación ha sido muy reñida, tanto que en la encuesta de mi blog han quedado ambos relatos empatados (con siete votos cada uno), ha sido en el blog de Mavya donde se ha producido el desempate, quedando con 18 votos en total, la ganadora frente a los 15 votos que la otra autora, como veis muy ajustado el resultado!
Quien busca encuentra.
Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocara pasarlo solo después de todo.
Contempló deleitado al culpable de sus esperanzados pensamientos, hermosamente enhiesto bajo un ramillete de muérdago, devolviéndole una mirada insondable de un verde diáfano, insinuando sin pudor su exquisito cuerpo apenas velado tras los costosos vaqueros y el ajustado jersey de cachemira. Parecía invitarle con sus labios entreabiertos a un lúbrico beso navideño. ¡Decidido!, casi gritó incendiado de deseo. Éste se viene conmigo a casa, ahora. Sólo intuía un contratiempo en su prometedora relación, lo difícil que iba a resultar convencer a aquella dependienta de vigilante y suspicaz expresión, que lo suyo con el maniquí era amor a primera vista.
-No se aceptarán relatos que contengan faltas de ortografía, emoticonos, etc.
-Lo relatos se enviaran por mail a la dirección:
concursoderelatos@yahoo.es
-El tema será libre, aunque siempre empezando por la frase propuesta. Esta vez, y por ser las fechas que son, los relatos deben tener un tema navideño o estar ambientados en navidad.
-El plazo para envíar los relatos será de dos semanas, hasta el viernes día 20 de noviembre, ese día los relatos participantes de publicaran en nuestros blogs.
-Luego se darán otras dos semanas para que los lectores voten el relato que más les haya gustado, hasta el día 4 de diciembre, cuando tendremos un nuevo ganador.
-Al igual que esta vez, el ganador recibirá el premio de concurso de microrrelatos, y la frase final de su relato será la de inicio para los relatos de la siguiente convocatoria.
Concurso de microrrelatos
Por razones ajenas a mi voluntad, no había podido publicar los microrrelatos para el concurso, aunque el plazo de entrega acabó hace dos días. Esta vez tenemos dos relatos, pero el nivel es (en mi humilde opinión) muy alto.
Pongo la encuesta para que votéis vuestros favoritos, tendréis hasta el día 6 de noviembre para votar. Suerte a las participantes.
Quien busca encuentra.
Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocara pasarlo solo después de todo.
Contempló deleitado al culpable de sus esperanzados pensamientos, hermosamente enhiesto bajo un ramillete de muérdago, devolviéndole una mirada insondable de un verde diáfano, insinuando sin pudor su exquisito cuerpo apenas velado tras los costosos vaqueros y el ajustado jersey de cachemira. Parecía invitarle con sus labios entreabiertos a un lúbrico beso navideño. ¡Decidido!, casi gritó incendiado de deseo. Éste se viene conmigo a casa, ahora. Sólo intuía un contratiempo en su prometedora relación, lo difícil que iba a resultar convencer a aquella dependienta de vigilante y suspicaz expresión, que lo suyo con el maniquí era amor a primera vista.
Nut (http://medianocheeneljardin.blogspot.com/)
Otras cosas.
Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocará pasarla solo después de todo. Como siempre hacía, quedó esperando.
Siempre esperaba, pero ellos nunca llegaban. ¿Por qué siempre le hacían lo mismo? Suspiró decepcionado y se tiró abatido a la cama.
Su compañero de cuarto, Damián, entró y le sonrió. Éste le devolvió la sonrisa y se le quedo mirando.
Que su familia tuviese vergüenza de ir a visitar a su hijo a un centro de rehabilitación, dejo de importarle por un momento.
Vio a su compañero y volvió a sonreír. Tal vez no estaba tan solo, tenía a su amigo, bueno eso hasta que lo conquistase.
Artistas Invitados: Apocalyptica


Actualizando esta sección que inaguré el mes pasado, seguimos nuestro recorrido por mi música alternativa favorita.
Nuevo premio
La frase de partida de esta vez será la última frase del relato ganador de este mes: "Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocará pasarla solo después de todo". Como recordatorio vuelvo a publicar las bases del concurso:
-Los relatos enviados deben ser originales (no se admitirá fanfiction), inéditos (no previamente publicados en otros soportes), con una extensión máxima de 100 palabras, sin incluir el título ni la frase inicial.
-No se aceptarán relatos que contengan faltas de ortografía, emoticonos, etc.
-Lo relatos se enviaran por mail a la dirección:
concursoderelatos@yahoo.es
-El tema será libre, aunque siempre empezando por la frase propuesta.
-El plazo para envíar los relatos será de dos semanas, hasta el viernes día 23 de octubre, ese día los relatos participantes de publicaran en nuestros blogs.
-Luego se darán otras dos semanas para que los lectores voten el relato que más les haya gustado, hasta el día 6 de noviembre, cuando tendremos un nuevo ganador.
-Al igual que esta vez, el ganador recibirá el premio de concurso de microrrelatos, y la frase final de su relato será la de inicio para los relatos de la siguiente convocatoria.
Sólo me queda esperar que esta convocatoria tenga como mínimo tanto éxito como la anterior o más. Espero que muchos autores ( y a ver si algún chico se apunta) se animen a participar.
Un beso a todos
Ganador del concurso de Microrrelatos
Merry Queerma(n)s
“Este año el amor me encontrará a mí, no pienso ir a buscarlo”. Claro, era muy fácil decirlo, pero para Karl era muy difícilllevarlo a cabo. No por nada había sido declarado como el mismísimo gran puto romanticón y el apodo le quedaba justo. Sin embargo, llegaban las navidades y él volvía a encontrarse sólo. Esta vez había estado muy cerca de pasarlas con su novio. Pero si era enamoradizo, también era un hombre celoso y eso lo había dejado vagando solitario por las calles frías de Manhattan y con la nariz roja.
—¿Vienes? —la voz conocida lo sorprendió.
Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocara pasarla solo después de todo.
Gretel (http://kuro-no-sekai.blogspot.com/).
Las reglas del premio son las siguientes:
Poner el premio en tu blog
Enlazar a los blogs que te lo han otorgado, o sea, a Mavya y a mí
Publicar en la misma entrda tu relato ganador, a fin de que todos puedan leerlo.
Evidentemente. como este es un premio dado por concurso, no se le puede conceder a nadie salvo los ganadores del concurso convocados por Mavya y por mí.
A través del sexo , capítulo 7
7
Viejos amigos. Nuevos amigos
Después del desastroso fin de semana no me quedaba mucho más aparte de admitir lo que era inevitable y pensar en algo práctico. Así que intentaba convencerme a mí mismo que debía olvidar a David y concentrarme en el año de universidad que me esperaba. Sólo tuve éxito en uno de esos dos proyectos.
Además, todavía me sentía muy avergonzado por los acontecimientos del viernes por la noche y por mi pueril comportamiento. El domingo por la tarde, Pablo me había llamado y me había pedido que quedásemos para tomar un café. En su tono de voz no se percibía más que amabilidad, pero yo estaba nervioso ante la perspectiva de verle después de nuestro coitus interruptus. Habíamos quedado en una cafetería muy conocida que estaba en la plaza de
—Hola cariño —me dijo sin ceremonias cuando me acerqué a él. Se puso en pie y besó con sonoridad mis mejillas.
—Hola —contesté sentándome a su lado—. ¿Llevas mucho rato esperando?
Hizo un gesto con su mano, indicándome que no me preocupara por eso y cogió la carta de cafés, estudiándola con detenimiento.
—Mmhh…Estoy entre un capuchino o un chocolate suizo. ¿Tú que vas a pedir?
—Un café solo —dije un tanto abatido sin molestarme en estudiar la selección de cafés.
Pablo me miró entre asombrado y divertido.
—Pero que aburrido eres —censuró—, voy a tener que elegir por ti.
En ese momento llegó el camarero. Era un chico joven, de unos veinte años. Llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca. El delantal negro que cubría sus muslos era el único símbolo de que trabajaba allí.
—¿Qué va a ser chicos? —dijo esbozando la que seguramente era la mejor de sus sonrisas.
De repente Pablo adoptó la misma actitud sugestiva que tenía la noche que le conocí.
—Un suizo y un café bombón, para el bomboncito.
El camarero nos examinó con cuidado para luego inclinarse un poco sobre la mesa y bajar el tono de voz.
—Entonces voy a tener que traer dos bombones, ¿no?
Pablo se recostó sobre el asiento de la silla, manteniendo su actitud sugerente.
—No —afirmó fingiendo desinterés—. Yo prefiero el chocolate, pero no me importaría que viniera acompañado de tu número de teléfono.
—Marchando —contestó el camarero mientras se alejaba.
Yo no había abierto la boca durante el intercambio de insinuaciones, pero ahora me giré a Pablo, impresionado por su capacidad para ligar.
—¿Cómo sabías que era gay?
Se encogió de hombros.
—No lo sabía, pero…¿no conoces el refrán? El que no arriesga, no gana.
—¿No te da vergüenza?
—¿Vergüenza? —me miró con las cejas levantadas por la incredulidad—. ¿Vergüenza por qué?
Miré a ambos lados, preocupado de que alguien estuviera siguiendo nuestra conversación.
—Ya sabes, de que se sepa que eres gay.
—De verdad Noah —me dijo con tono enfadado—, lo que no comprendo es que tú seas gay. Nunca conocí a un marica más mojigato que tú.
—Yo no soy mojigato —contesté mientras me ruborizaba enfadado.
—Sí, sí que lo eres. No fumas porros, te escandalizas si ligo con alguien y sólo has follado con un tío.
Le miré aturdido.
—Con dos, Pablo —desvié la mirada incómodo—, tú mejor que nadie deberías saberlo.
—No, no —dijo negando la cabeza—. Eso no cuenta, tú y yo nunca follamos. Si no, yo me acordaría.
Abrí la boca para protestar pero Pablo no me permitió continuar.
—Con todos los respetos, cariño. Si no me corro, no cuenta. Y salvo que tus objeciones a mi ligue con el camarerito se deban a que estás celoso y quieras terminar lo del otro día, te agradecería que no te entrometieras. Hace dos semanas que no me acuesto con nadie. Anoche salí, pero no me comí un rosco, y desde el viernes por la noche, por culpa de un calientapollas rubito, he necesitado duchas frías cada cinco minutos.
En ese momento, el camarero volvió con el pedido, ahorrándome el trago de tener que contestar. Puso sobre la mesa una pequeña taza de cristal con café y leche condensada y ante Pablo una enorme taza de cerámica, repleta de chocolate caliente cubierto de nata y mucha canela, que desprendía un delicioso aroma.
—Dicen que la canela es afrodisíaca. Espero que lo disfrutes.
Y se fue sin más. Pablo levantó la taza y descubrió que debajo de ella, había una nota garabateada. Me la tendió sonriendo. En ella se podía leer un número de teléfono y luego la frase: “Termino el turno a las nueve”.
—Vaya —dijo Pablo distraído mientras sorbía de su taza—, parece que esta noche voy a mojar el churro.
Puse los ojos en blanco, algo escandalizado por las cosas que decía, pero no pude evitar sonreír ante sus ocurrencias.
—Oye, por lo del viernes… —empecé indeciso antes de que Pablo me interrumpiera.
—No, por favor, nada de excusas. Lo pasado, pasado está —me sonrió con calidez—. No te he pedido que nos veamos por eso. No pretendo que te disculpes, y no tengo ninguna intención de volver a tirarte los trastos. Con un rechazo tengo más que suficiente.
—¿Entonces por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué querías que nos viéramos?
Se encogió de hombros.
—Porque me caes bien.
Estuvimos toda la tarde hablando en el café. Pablo me habló un poco de su vida mientras yo le observaba con detenimiento. Él era lo que se suele llamar un chico amanerado. Gesticulaba mucho con las manos al hablar, tenías maneras femeninas y chillonas, sonreía a menudo y no parecía molesto por ser el centro de atención.
Me habló de su familia, de sus padres. Me contó cómo su padre le detestaba y apenas si le dirigía la palabra desde que una vez encontró un dilatador anal en su habitación.
—¿Sabes que fue lo más que le enfadó de todo ese asunto? —dijo con una sonrisa seca y carente de alegría—. No fue descubrir que su hijo era marica, sino que cuando me pidió explicaciones con el dildo en la mano me burlé de él, diciéndole que parecía saber muy bien lo que era eso. Así que lo peor no es tener un hijo gay, es que tu hijo gay insinúe que tú eres más marica que él.
Me contó que había dejado el instituto a los dieciséis años y se había puesto a trabajar para costearse la escuela de arte.
—¿Escuela de arte? —inquirí.
Él afirmó con la cabeza, henchido de orgullo.
—Ajá, quiero dedicarme al arte. Las artes plásticas son mi pasión, la pintura, pero sobre la escultura. Algún día —añadió soñador—, mis obras estarán en el Reina Sofía, en el Guggenheim o, mejor, en el MoMA de Nueva York.
—Estoy seguro que sí —añadí emocionado por su entrega.
—Aunque ahora, lo único a lo que aspiro es a poder pagarme un piso de alquiler para irme de casa, aunque sea un piso compartido. La situación con mis viejos se está poniendo insoportable.
—Yo no se lo he dicho a los míos —levanté la mirada para encontrarme con la suya—, ellos no saben que soy gay. Me da miedo que me pase como a ti.
—¿Sería tan terrible si así fuera?
—Joder Pablo —irritado me removí en mi asiento—. Pensé que tú lo entenderías.
—Y lo entiendo cariño. Es sólo que tarde o temprano tendrás que enfrentarte a esa situación. No puedes esconderte para siempre.
—Ya lo sé.
—¿Y qué te decía él?
—¿Él?
—Salvo que me digas como se llama, voy a tener que seguir llamándole así.
—David —suspiré—, se llama David. Él me decía más o menos lo mismo que tú, que me tomara mi tiempo, y que salir del armario era una decisión que yo debía tomar.
—Vaya, que comprensivo —dijo Pablo con cierta aspereza.
—Sí, pero me parece que en el fondo él esperaba que yo… bueno que le dejara hacer público lo nuestro, ya sabes. Creo que estaba enfadado conmigo por eso.
—Pues que le den, por gilipollas. Mira que dejar a un chico tan guapo.
—Eso le dices porque no le has visto —dije mientras rebuscaba en mi cartera, hasta extraer una pequeña foto de David que le había robado unos meses atrás—. Él si que es guapo.
Le tendí la foto a Pablo, que silbó por lo bajo.
—Pues tienes razón, que rico está. Pero bueno, ya te lo he dicho, lo pasado, pasado está. Y no sé que haces guardando en la cartera la foto de un tío que te dejó tirado como una colilla vieja —dijo parafraseando lo que yo le había dicho el otro día.
Ahora fui yo el que se encogió de hombros, incapaz de dar una respuesta. Me quedé con él hasta las nueve. Cuando vimos que el camarero se quitaba el delantal y miraba indeciso y esperanzado hacia nuestra mesa me levanté para irme.
—Que te vaya bien —le tendí la mano para que me la estrechara, y cuando lo hizo, se encontró con el envoltorio de dos condones reluciendo en la palma de su mano.
—¿Y esto? —exclamó divertido.
—No uses los tuyos, que eres un desastre y seguro que están picados —bromeé—. No creo que yo los necesite por el momento.
—Gracias cariño —me abrazó como despedida—. Te llamaré para contarme que tal me ha ido.
Se alejó de mí en dirección al camarero, que lucía una deslumbrante sonrisa. A medio camino se giró y me enseñó sus pulgares levantados, como símbolo de victoria.
El otro gran acontecimiento del fin de semana vino marcado por aquella misteriosa carta. Mis padres no habían dejado de hablar del tema, emocionados porque uno de sus hijos obtuviera una beca de estudios de una fundación privada, de la que nunca antes habían oído hablar, pero que de repente se les antojaba muy importante. Así que aquel lunes 6 de septiembre, mi padre me acompañó más contento que unas castañuelas hasta la sede de esa fundación.
El edificio donde se encontraba la sede de
—Esta gente debe tener mucha pasta, para tener sus oficinas en un sitio así. No me extraña que vayan rifando becas por ahí. ¿Entramos?
Con un nervioso suspiro, asentí.
El hall del edificio era de estilo Art decó, con una planta ovalada y murales pintados a lo largo de las paredes, con un estilo más de los años veinte que actual. No parecía, empero, que el edificio fuera tan antiguo, lo más probable es que fuera una reproducción o que el arquitecto estuviera haciendo un homenaje a tiempos mejores. Nuestros pasos resonaban fuerte sobre el mármol a medida que nos acercábamos al mostrador que había al fondo, donde una señorita hablaba por teléfono. La chica parecía parte de la decoración, con su ondulado pelo corto, sus gafas de montura de pasta, algo caídas sobre la nariz, sus labios rojos y su estilo lady, que acentuaba su delgada figura, casi parecía salida de los locos años veinte.
Mi padre y yo esperamos junto al mostrador a que la secretaria colgara y nos prestara atención.
—Buenos días —dijo con voz de azafata—. ¿En qué puedo ayudarles?
—Buenos días, señorita. Mi hijo tiene una cita hoy. Noah Estévez…
—Noah Estévez Silva —le interrumpió ella mientras miraba unos papeles ante ella—, sí. Le espera el director de recursos humanos. Las oficinas de la fundación están en la décima planta. Suban por esos ascensores.
Ambos miramos en la dirección que ella señalaba. Los ascensores tenían pesadas puertas de un metal dorado y sobre ellas, una pequeña flecha de metal iba moviéndose despacio de derecha a izquierda sobre unos elaborados número de bronce, indicando en qué piso estaba el cubículo.
—No han descuidado ningún detalle —dijo mi padre, señalando el anticuado sistema—, sólo falta que dentro del ascensor haya un botones accionando una palanca.
—Como en las películas antiguas —reí, siguiéndole la broma.
—Las únicas que valen la pena —añadió mi padre mientras las puertas se abrían y entrábamos en el ascensor.
Cuando llegamos al décimo piso, pudimos constatar que el estilo Art Decó no se limitaba al hall, aunque aquí era más sobrio y discreto. Nada más salir del ascensor nos encontramos con otro mostrador, donde una señora rechoncha nos miraba con mal disimulada antipatía.
Mi padre se dirigió a ella para decirle que teníamos cita con el director de recursos humanos. Tras consultar una agenda nos indicó que debíamos esperar mientras señalaba un banco de madera a nuestras espaldas. Se levantó y se dirigió hacia el final del pasillo, donde podía verse una puerta doble de pesada madera. Cuando volvió a salir del despacho, nos indicó que podíamos pasar.
El despacho era tan opulento como la elaborada puerta de roble presagiaba. Grandes ventanales se abrían a las vistas de la ciudad. Un enorme sofá de piel negra descansaba indolente en una esquina de la habitación, que era presidida por una enorme mesa de caoba. Tras ella nos esperaba un hombre calvo de mediana edad que se puso en pie al vernos llegar y estrechó nuestras manos, afable, por encima de la mesa.
—Buenos días, soy Roberto Molina —decía, al coger mi mano la sostuvo un momento más de lo que la estricta cortesía marcaba—. Tú debes de ser Noah.
Asentí mientras soltaba mi mano y se giraba hacia mi padre.
—Y usted debe ser su padre. El parecido entre ustedes no deja lugar a dudas.
—Carlos Estévez —mi padre aceptó la mano que el hombre le ofrecía con una servicial sonrisa.
Con un gesto nos indicó que nos sentáramos en las sillas de cuero que había frente a la mesa. Él también se sentó y se nos quedó mirando un momento, hasta que mi padre se revolvió algo incómodo.
—Bueno —comenzó—, usted dirá.
Roberto sonrió y se recostó contra su alta silla.
—Supongo que esto les habrá cogido por sorpresa.
—La verdad es que sí —aventuré.
Me miró con una sonrisa.
—Eso suele pasar. La beca Ícaro no es algo que uno pueda solicitar. Somos nosotros quienes decidimos a quien otorgársela. Así que para todos es una sorpresa.
—Pero… —dudé un momento—. ¿Por qué yo? Quiero decir, no tengo tan buenas notas, no soy un superdotado ni nada de eso. Estoy seguro que hay chicos que la merecen más que yo.
—Es posible —concedió—. Pero de todas maneras, no te confundas. No es inteligencia y buenas notas lo único que la fundación Ícaro persigue. Por supuesto hay miles de muchachos que han obtenido mejores calificaciones que tú en la selectividad, y que tienen un coeficiente intelectual más elevado, así que debes darte cuenta de que no es por eso por lo que estás aquí.
—¿Entonces por qué?
Roberto abrió una carpeta que tenía frente a él. Dentro había unos papeles en los que pude leer mi nombre.
—Vamos a ver. Tu nota de selectividad es de 8.471, que junto con tu nota media de bachillerato, da un total de 8.668. No es una mala nota, pero tampoco es deslumbrante, la verdad. Pero si miramos tus resultados más detenidamente, ¿qué encontramos? 6.7 en Inglés, 7.4 en Filosofía, 6.9 en Lengua Española. Esas materias no las vas a usar en una carrera de ciencias, ¿no es cierto? No son más que árboles que no nos dejan apreciar el bosque. Un 10 en Biología, un 9.8 en Física, un 9.9 en Química y un 8.6 en Matemáticas. Eso nos da una nota media de 9.575. Y esa sí es una nota impresionante. Pero eso no es todo. Cuando un joven es candidato para obtener esta beca, se realizan entrevistas con los profesores del alumno, se estudia su expediente académico y de comportamiento y entonces se decide si invitar al joven en cuestión a esta entrevista. Hay agentes de
—¿Quién me recomendó?
Roberto se encogió de hombros.
—Eso no lo sé. Nunca queda registrado. Un profesor tal vez.
—O sea, que sólo estoy aquí por una recomendación —afirmé algo enfadado. De repente me sentía menos especial.
—No te equivoques, Noah —me contestó con una sonrisa, como si pudiera leer mis pensamientos—. Los que son recomendados tienen que pasar el mismo cribaje que los demás.
—¿Qué quiere decir? —mi padre habló por primera vez en la entrevista.
—
Asentí. Los laboratorios Bios- sci eran de los más punteros en la investigación biológica y farmacéutica.
—Entonces sabrán que los laboratorios Bios- sci tienen una financiación exclusivamente privada proveniente de una importante multinacional.
—¿Le está ofreciendo trabajo a mi hijo?
Roberto volvió a sonreír.
—De hecho sí. Creo que es el momento de que les explique de que va todo esto. La beca Ícaro consta del pago íntegro de la matrícula y las tasas universitarias de la universidad privada que el joven elija, así como una dotación anual de un millón de pesetas[1] para cubrir gastos para material y soporte escolar.
Mi padre silbó por lo bajo.
—Esa es la parte económica de la beca. Pero también incluye prácticas universitarias de empresa en los laboratorios Bios- sci y, si todo va bien, un contrato de trabajo nada más salir de la universidad por un periodo mínimo de cinco años en dichos laboratorios, incluyendo apoyo para investigaciones, o para realizar un doctorado por ejemplo.
Cerré la boca a tiempo para preguntar.
—¿Si todo va bien?
—Claro. Ahora es cuando te explico la parte mala del trato. La beca Ícaro tiene una duración máxima de cinco años. Lo cual significa que si no has terminado tus estudios para entonces, tendrías que costear tú los últimos años y, si me permites el atrevimiento —dijo mirando cauteloso hacia mi padre—, no creo que la renta de tus padres te permitiera hacer eso, lo que significaría, en tu caso, que tendrías que terminar la carrera en una universidad pública, perdiendo la posibilidad de tener un prestigioso título. Pero también significa que si terminas la carrera en cuatro años, puedes mantener la beca un quinto año para cursar estudios de postgrado o un máster universitario. Además, la beca te obligaría a mantener un nivel. No voy a mentirte, las exigencias son muy duras. De hecho hay muchos que no la aceptan porque no se ven capaces de mantener ese nivel, y muchos otros la pierden el primer o el segundo año por el mismo motivo.
Asentí despacio.
—¿Qué tendría que hacer?
—El primer año, estarías obligado a matricularte del 100% de los créditos, y los años sucesivos de un 90%, en el caso de que tengas asignaturas pendientes de años anteriores. Se te obligaría a aprobar anualmente como mínimo el 90% de los créditos a los que te matricules y —levantó un dedo—, con una nota media mínima de 8. En el momento en el que suspendas más asignaturas de la cuenta o bajes tu nota media, pierdes la beca, así como si tardas más de cinco años en terminar la carrera.
—En verdad es muy duro —le miré—. ¿Y dice usted que podría elegir en que Universidad cursar mis estudios?
—Sí. Se te hacen recomendaciones por supuesto. Lo ideal es elegir aquellas universidades que estén cerca de algunos de los centros de los laboratorios Bios- sci, pues te será necesario para las prácticas de empresa. Se te dan a elegir varias universidades en cinco o seis países distintos, aunque en tu caso, con tu inglés, yo te aconsejaría quedarte en España. En lo que tardarías en adaptarte al idioma podrías perder tu beca. Aunque claro, la decisión final es tuya. La recomendación más lógica en tu caso sería
—Fernando VII —le interrumpí con emoción apenas contenida.
Roberto asintió.
—Sí. Sólo tienes que pasar una última entrevista con una psicóloga, pero eso es un mero trámite. Una vez hecho esto, te incorporarías a las clases, que comienzan en dos semanas.
Me apoyé en el respaldo de la silla, pensando un momento.
—¿Eso es lo que tú quieres Noah? —mi padre se había inclinado y me miraba a los ojos. Asentí—. Es muy duro, ¿estás seguro de que lo quieres hacer?
—Claro que sí —siseé—. ¿Estás loco? ¿Cómo podría rechazarlo? Es lo que siempre he querido.
—Está decidido entonces —Roberto se levantó y me tendió la mano mientras yo hacía lo propio—. Bienvenido.
Después de una casi surrealista entrevista con una psicóloga que parecía querer asegurarse de que yo no estaba tan loco como ella, se me dio el visto bueno para la beca. Mi padre tuvo que firmar un motón de papeles, ya que al ser menor de edad, necesitaba el consentimiento paterno para todo esto. Al final, salimos del edificio casi cuatro horas después de intensa burocracia. El sol estaba alto y me deslumbró al salir. Busqué en mi bolsillo las gafas de sol, pero antes de que pudiera ponérmelas me vi envuelto en un abrazo que no había visto venir.
—Llevo toda la mañana deseando hacer esto —me dijo mi padre contra mi oído—, estoy tan orgulloso de ti.
Dio un paso atrás, pero aún manteniéndome por los hombros.
—Espera a que tu madre se entere —continuó con entusiasmo—, le va a dar algo.
—Es increíble —me aparté de él y comencé a caminar hacia el coche, aún no creyéndome del todo lo que estaba pasando.
Mi padre caminó a mi lado un rato sin hacer comentario alguno, pero esbozando una sonrisa de bobo. Cuando llegamos al coche y abrió la puerta me miró con ojos llorosos.
—Vaya Noah —me dijo—, creo que con esto se me va a quitar el enfado porque no estudiaras periodismo.
Mi padre no se había equivocado. Cuando mi madre se enteró, casi le da un infarto. Luego se sucedieron días de locura en los que mis padres se empeñaron en hacer fiestas por cualquier nadería o llamaban a todo el mundo sólo para contarles lo de la beca. Yo me enfrasqué durante la semana en hacer la matrícula y en elegir las asignaturas optativas que quería cursar, aunque también yo me vi obligado a llamar a mis amigos del instituto para contarles que no iría a la universidad con ellos. Hijos de padres trabajadores como yo, todos irían a la universidad pública y habíamos hablado mucho de lo que haríamos una vez allí. Algunos iban para médicos o enfermeros, otros para farmacéuticos o biólogos. Sólo uno más, Gonzalo, iba a matricularse en biotecnología conmigo. Cuando se los conté, todos parecieron alegrarse por mí, pero en algunos pude percibir un tono de malicia, ironía o envidia. Algunos habían sacado más nota que yo en selectividad y me preguntaba si ellos no pensarían que eran más merecedores que yo de esa beca. Al final, decidieron que teníamos que salir para celebrarlo y aunque nadie lo dijo, para despedirme. Todos daban por sentado que ahora que íbamos a universidades diferentes perdería el contacto con ellos. Incluso yo lo pensaba. De repente me di cuenta de que no me molestaba no volver a verlos. Habían sido mis compañeros en clase o en el equipo de fútbol. Salíamos de fiesta juntos, pero ni uno de ellos sabía que yo era gay, ni tenían ni idea de que en los últimos seis meses me había enamorado y me habían roto el corazón. No eran ese tipo de amigos con los que uno puede sincerarse y tampoco tenía muy claro que alguno de ellos aceptase mi homosexualidad, teniendo en cuenta las veces que había tenido que reírles sus chistes de maricones. De repente, empecé a experimentar una intensa sensación de libertad ante la posibilidad de estar en un sitio donde nadie me conociera, empezando de cero. Así que me preparé a conciencia para la despedida, asumiendo en mi fuero interno que este sería el final de nuestra amistad.
Habíamos quedado el viernes por la noche. Mientras me vestía noté como la puerta de mi habitación se abría y mi madre aparecía en el umbral con un paquete envuelto en papel de regalo y una expresión de tímida felicidad en el rostro.
—¿Qué es eso, mamá?
Mi madre entró en mi habitación y me tendió el paquete.
—Es para ti. Un regalo para demostrarte lo orgullosa que estoy. Creo que ya eres lo suficientemente mayor para tener uno.
Lo cogí entre mis manos y me senté en la cama. Sonreí al ver el papel de regalo, con dibujos de Superman volando con su capa al viento. Cuando aprendería mi madre que el aficionado a los cómics de superhéroes era Aarón y no yo. Lo rompí y me quedé paralizado al encontrarme con una caja muy familiar. Tenia una igual, escondida en mi armario, que guardaba los restos destrozados del primer regalo que David me había hecho. Se me saltaron las lágrimas al abrir la caja para extraer el teléfono móvil, igual que el que David me había regalado por nuestro primer mes juntos, y que yo había roto hacía unas semanas en un rapto de furia. Mi madre se sentó a mi lado.
—No sabía que te haría tanta ilusión —dijo contenta, malinterpretando mis lágrimas.
—Gracias mamá —musité mientras recorría con la yema de mis dedos las familiares líneas del teléfono.
—¿Te gusta ese modelo? En la tienda me dijeron que era muy moderno y que a los jóvenes les gusta mucho.
—Sí, me gusta mucho —le di un beso a mi madre en la mejilla y me levanté algo aturdido—. Tengo que irme. No volveré muy tarde.
—Bueno —me respondió ella—, ten cuidado y pórtate bien. Pero si hoy llegas un poquito más tarde, yo no me voy a dar cuenta.
Sonreí.
—Gracias.
Habíamos quedado todos en la estación de metro más cercana a mi casa para ir juntos hasta la discoteca. El plan era beber, bailar y ligar si se podía. No era la primera vez que salía con ellos y muchas veces había terminado enrollándome con alguna chica, en una esquina oscura de algún local. Eso era una de las muchas cosas que no echaría de menos cuando dejara atrás a mis amigos: tener que fingir interés por las mujeres. Esa noche sería la última vez, me decía mientras me dirigía hacia allí.
Cuando llegué a la estación, vi que Gonzalo ya había llegado. Como siempre, era el primero. Pequeño y taimado, había sido el primer amigo que hice al llegar al instituto. Habíamos pasado juntos los cuatro cursos del bachillerato y a lo largo de los años, nuestra amistad se había deteriorado. No se puede pasar tanto tiempo junto a una persona y no terminar por conocerla bastante bien, y cada cosa nueva que descubría sobre Gonzalo, era una nueva decepción. Inseguro como era, se refugiaba de su físico, al que detestaba, en su inteligencia. Por lo tanto, se creía con el derecho de ser siempre el más listo de la clase. Ferviente creyente de la filosofía de la recompensa, creía a pie juntillas que si alguien tenía un defecto muy grande, debía tener alguna enorme virtud para compensar. Según su filosofía, yo no debía ser más que un rubio, guapo, y por lo tanto, un poco idiota, y creo que por eso se encariñó conmigo en un principio. Cuando descubrió que sus teorías se iban al traste porque yo era capaz de sacar al menos tanta nota como él, ligar con chicas y ser un decente delantero centro del equipo de fútbol, empezó a despotricar diciendo que el mundo era injusto y que estaba mal repartido, y que una sola persona no podía tener todas las virtudes. Nunca admitió que ese tipo de comentarios los decía por mí, pero yo sabía que así era. A pesar de todo, seguimos siendo amigos, sobre todo porque para entonces ya teníamos demasiados amigos comunes como para evitar vernos. Ambos hicimos un acuerdo tácito y mantuvimos nuestra rivalidad en secreto. Cuando salió el listado de notas de selectividad él me miró triunfante. Había sacado más nota que yo, y creía que había ganado la guerra. Pero cuando le conté que iría a
Mientras me acercaba a él pude ver como me evaluaba con la mirada.
—Hola Gonzo —le saludé, usando el mote que todos le habían puesto en el instituto y que él detestaba.
Me miró fingiendo asombro, como si me acabara de ver.
—Pero mira a quien tenemos aquí. El homenajeado de la noche.
—¿No ha llegado nadie más?
—¿Ves alguien más aquí?
—No —admití. El resquemor por años de insinuaciones malintencionadas se había diluido, dejando en mí el mezquino placer que se siente al saberse envidiado por alguien a quien detestas—. Pero pensé que a lo mejor estaban escondidos detrás de tu ego.
Me miró con ganas de matarme, mientras su mente batallaba a contrarreloj para encontrar una respuesta ingeniosa, pero no debió encontrarla.
—Ja, ja —dijo sarcástico, fingiendo una falsa risa—. Muy gracioso.
Una repentina interrupción acalló mi respuesta. Gonzalo fue levantado en volandas, chillando como un niño y pataleando histérico. Bajo tanto movimiento pude ver a Gorka, que le mantenía en lo alto con sus enormes brazos. A su lado, sonriendo con malicia, estaba Josemi, que al ver que yo estaba tan divertido con la situación como él, me guiñó un ojo con complicidad.
—Te remueves como una lagartija —dijo Gorka volviendo a poner a Gonzalo sobre sus pies mientras me dedicaba un divertido guiño.
Gonzalo se ajustó la ropa con excesiva dignidad.
—Déjate de payasadas —gruñó mientras intentaba volver a meterse la camisa por dentro del pantalón, sin mucho éxito.
Gorka se encogió de hombros como si la cosa no fuera con él.
—¿Qué tal te va, tío? —saludó Josemi, aún intentando aguantar la risa por las volteretas que había dado Gonzo en el aire.
—Bien.
—¿A la privada, eh? —Gorka me dio una amistosa palmada en el hombro—.Vaya suerte que tienes con esa beca.
Les miré y sólo encontré amigabilidad. Gorka era el cachas oficial del instituto. Muy grande y musculoso, quería dedicarse al culturismo, como su padre, que había sido campeón de Europa cuando joven. La única condición que le habían puesto era que tenía que terminar el instituto, que para él se convirtió en un mero trámite. Ahora que los exámenes se habían acabado, estaba entrenando muy duro y haciendo una dieta extrema para prepararse para las competiciones regionales. Pero en contra de su duro físico, era un chico muy afable, algo tímido con las chicas, que se esforzaba en encontrar la belleza y la bondad en cada persona. Nunca le había oído hablar mal de nadie, o expresar envidia o rencor por algo, aunque tuviera razones para ello. Josemi era su mejor amigo, y estaba hecho de la misma pasta, aunque no era tan tímido ni tan inocente, era honesto y directo. Por eso, comprendí que sus palabras eran sinceras y sin mala intención.
—La verdad es que aún no me lo creo del todo —dije, enunciando una frase que no me había cansado de pronunciar en toda la semana—. Estoy tan contento.
—Y razones no te faltan —Gonzalo metió su pequeña nariz entre los tres, con sonrisa de zorro.
—Cierto —dije mirándole con una sonrisa aún más falsa que la suya—. No todos pueden presumir de la misma suerte.
—Y que lo digas, ya te gustaría a ti —Gorka, ajeno al mal rollo del momento, palmeó la espalda de Gonzalo, inconsciente de que lo que hacía en verdad era meter el dedo en la llaga.
Me reí disimuladamente, y entonces vi llegar a Matías y a Daniel. Ambos eran vecinos de bloque, y amigos de infancia, siempre iban juntos a todas partes. Nosotros solíamos bromear diciendo que de seguro meaban juntos, agarrándose las pollas el uno al otro. Pero en mi fuero interno, les envidiaba. Envidiaba esa fiera y sincera amistad que compartían, esa intimidad, esa camaradería. Tener a alguien, que escuchara tus problemas y con quien poder sincerarse. Me sacudí esos pensamientos mientras se acercaban a nosotros y nos saludábamos.
—Bueno, ya estamos todos, ¿no? —dijo al fin Matías mirando alrededor.
—Sí, ya estamos los seis —Dani nos miraba con nostalgia de algo que sabía a punto de acabar. Era un sentimental.
Todos nos miramos un momento, quizá pensando que ese era el fin de una era y que no volviéramos a estar todos juntos, pero Matías, fiel a su habitual pragmatismo rompió el momento pensando en algo práctico.
—Ya viene el nuestro.
Justo cuando terminaba de decirlo, escuché el chirriante sonido del metro que se acercaba. En el tiempo en el que habíamos esperado habíamos dejado irse unos cuantos, pero ahora estábamos todos y no había razón por no coger este. Subimos en uno de los vagones de la cola, entre risas y bromas. Un par de estaciones más adelante hicimos trasbordo y enlazamos con la línea que nos llevaría hasta la zona portuaria, donde había un montón de baretos y discotecas que solía frecuentar la gente más joven.
Aunque se supone que no se puede entrar en las discotecas con menos de dieciocho, la verdad es que desde los dieciséis habíamos sido clientes habituales de muchos bares y discos de la zona, sin tener mucho problema. A diferencia de otras grandes ciudades, como Madrid o Barcelona, aquí la marcha nocturna era muy tranquila, y por lo tanto, existía una cierta permisividad con los adolescentes que salían de noche. Hicimos nuestra ronda habitual al llegar al puerto. Primero visitamos un bar de la calle Tomás Moro, que aprovechando su ubicación, se llamaba Utopía, aunque en realidad no era más que un tugurio pequeño y empetado de gente, regentado por un calvo con muy mala leche. Pero las copas eran baratas, así que casi todo el mundo iba primero allí, a ponerse un poco a tono antes de ir a bailar, porque en las discotecas los precios de las copas eran prohibitivos.
Luego fuimos a El duende verde, un local que combinaba la decoración irlandesa con llamativos pósters de Spiderman. No conocía al dueño, pero seguro que era un friquie. Eran poco más de las once de la noche, así que pasamos un rato haciendo tiempo antes de ir a bailar, jugando al billar y a los dardos, bebiendo cerveza negra y comiendo frutos secos. No paramos de reírnos en todo el rato, posiblemente porque para esas horas de la noche ya habíamos bebido un poco más de la cuenta. Esa noche tenía ganas de cogerme una buena cogorza y olvidarme de mis penas, aunque sólo fuera por un rato. Tener que fingir que mi verano había sido muy aburrido y que no me había enamorado de un hombre guapísimo, facilitaba bastante el trabajo. De repente me volví a sentir como el viejo y virgen Noah, el Noah del instituto, sin más preocupación que sacar buenas notas y ocultar que era gay. Me olvidé por completo de David y todo lo que le concernía. Apenas había visto a los chicos durante el verano, y ahora me parecía que el tiempo había retrocedido.
—Eh, Noah te toca.
La voz de Josemi me sacó de mis ensoñaciones. Cogí el taco que me tendía y estudié la mesa de billar. Nunca había sido un buen jugador, generalmente mis carambolas no eran más que fruto de mi legendaria buena suerte y muchas veces pretendía meter una bola y terminaba colando otra diferente. A pesar de todo, esa noche parecía bastante inspirado y la partida estaba yéndome bien.
—La roja a aquella esquina —dije señalando la bola en cuestión, sin mucho convencimiento. Estaba un poco lejos, y me obligaría a tomar una posición un tanto forzada sobre el tablero, pero era la que presentaba la mejor posición. Me incliné mucho sobre la mesa, casi apoyando el torso sobre el tapete para alcanzar la bola blanca contra el extremo del taco, y estaba empezando a apuntar cuando oí unas risitas detrás de mí. Me giré y vi a un grupo de chicas mirándome el culo sin ningún disimulo y riendo por lo bajo. Incorporándome me encaré a ellas.
—Eso lo dejamos para luego señoritas —exclamé algo borracho, agitando el taco en la mano—. Primero tengo que meter esa bola.
Me giré escuchando renovadas risas detrás de mí. Nunca me había costado ser descarado con las chicas que conocía en los bares, sobre todo cuando estaba algo bebido, quizá porque como no tenía un interés real por ellas, tampoco me importaba un posible rechazo. Pero con el paso del tiempo, había descubierto que ese tipo de actitud gustaba a algunas. Intenté concentrarme en la bola de nuevo, pero las agudas voces que de repente se esforzaban por animarme me estaban haciendo perder los nervios. Entre eso y mi precario control de la física del billar, la bola blanca pasó muy lejos de la roja y chocó levemente con la negra. Varios de mis amigos se rieron de mí, ahora el otro grupo tenía doble tirada. Le cedí mi taco a Gonzo, que había sido quien más se riera de mi pifia y decidí convertir mi derrota en una pequeña victoria, aunque sólo fuera por quitarle a Gonzalo esa sonrisa autosuficiente de la cara, dándole donde sé que más le duele. Me giré hacia las chicas y decidí aprovechar que no me tocaba para hablar con ellas. Cuchichearon entre ellas mientras me acercaba con la mejor de mis sonrisas. Dos eran bastante anodinas, sin nada aparente que ofrecer al mundo; otra era muy guapa, con el cabello color miel, los ojos enormes y un cuerpo atlético. Pero quien llamaba mi atención era la que estaba a su lado: una chica alta con un cuerpo, aunque delgado, robusto, ligeramente musculoso y falto de la delicadeza que suele caracterizar a las chicas de su edad. Su rostro era anguloso, con una mandíbula fuerte y unos prominentes pómulos. Era morena, con una melena larga que despedía destellos rojizos bajo la incierta luz del local. Resultaba muy atractiva, por lo menos para mí: ese aire de rotunda fortaleza que la rodeaba me resultaba casi sexual. Ella me miró sonriendo y me tendió una jarra de cerveza.
—Te invitamos a una copa, aunque hayas fallado —su voz era grave, su sonrisa profunda.
Bebí un gratificante sorbo de la cerveza, negra y espumosa, y les sonreí.
—En realidad, venía a echaros la bronca por hacerme fallar la jugada—bromeé mientras señalaba con el pulgar hacia la mesa de billar—, pero la cerveza me ha apaciguado.
—¿Y por qué se supone que ha sido culpa nuestra? —dijo la de los ojos grandes, entre las risitas de las demás.
Eso sólo me dejaba a respuesta posible.
—Es que no me podía concentrar con tanta belleza —por sus sonrisas supe que había conseguido un pleno.
Para ese entonces, mis amigos habían dejado la partida algo olvidada y nos miraban con curiosidad. Decidí seguir la jugada a ver que salía de todo esto. Volví a mirar a la morena, que sostuvo mi mirada con intensidad.
—¿Y tú como te llamas?
—Amanda, ¿y tú?
—Noah —contesté. Josemi se unió a mí, siempre listo para las mujeres—. ¿Y tus amigas?
Me sonrió, contenta, dándose cuenta de que preguntaba por mera cortesía y que estaba interesado en ella.
—Andrea, Carlota y Ana —enumeró, señalando a las chicas.
—Josemi, Gorka, Mati y Dani —dije a mi vez, refiriéndome a los chicos, que se habían acercado como abejas a la miel—. El enano se llama Gonzo.
Ellas se rieron de mi burla y yo me uní al ver la cara que éste ponía. Al menos había conseguido que Gonzalo ya no tuviera ninguna oportunidad con ellas.
Josemi tomó el relevo y empezó a hablar con las chicas, dándole a su labia. Yo me concentré en Amanda, la partida de billar olvidada por completo.
—¿Sueles venir por aquí? —le pregunté tras mucho pensar. Me di cuenta que mantener una conversación era mas difícil que iniciarla.
—No mucho la verdad —respondió—. Es la primera vez que vengo a este sitio. Pensábamos ir a bailar, pero Carlota se empeñó en venir aquí primero, para ver si se encontraba con el chico que le gusta.
—¿Y no está?
—No, así que ya nos íbamos. Entonces te vimos a ti.
Una chica directa, como un tío. Eso me gusta.
—Bueno, ya que estamos, podemos irnos junto. Mis amigos y yo pensábamos ir a
La miré a los ojos y me di cuenta de que tenía que elevar la mirada, con esos tacones, era más alta que yo. Eso también me gustaba.
—Claro —me respondió.
Se giró hacia sus amigas y les dijo algo. Luego, todas se disculparon y fueron al servicio a deliberar. Josemi se me acercó.
—Te dejo a la morena, y yo me quedo con la rubita. Los demás que se busquen la vida —me susurró al oído, presto como siempre a repartirse el botín.
Josemi era, con diferencia, el más guapo de mis amigos. Si no fuera tan hetero, ya le habría tirado los tejos. Era un ligón indomable, y las tenía a pares, pero nunca por mucho tiempo. Había sido el primero de la pandilla en perder la virginidad, con una chica unos años mayor que nosotros. Desde entonces, no había parado.
Las chicas volvieron del lavabo, decididas a venirse con nosotros a la discoteca, aunque, una de ellas, Carlota, parecía algo contrariada.
De camino a
—¿Quieres tomar algo? —le pregunté a Amanda, más para escapar de aquella situación que por sed.
Ella asintió. Nos acercamos a la barra los dos, dejando a los demás atrás. De repente, me di cuenta de que ahora estábamos a solas, o más precisamente, rodeados de extraños, y que ella me miraba expectante. Comprendí que debía iniciar una conversación, aunque no sabía ni por donde empezar. Me di cuenta, no sin cierto asombro, de que estaba algo nervioso, buscando en mi cabeza la manera de impresionarla, como si quisiera ligármela de verdad.
—¿Qué te apetece beber? —pregunté dispuesto a invitarla, aunque sabía que eso supondría mi total ruina económica hasta el final de la semana.
—Un cubata, carta blanca.
Me pedí lo mismo para mí, y nos quedamos de pie, cerca de la barra.
—¿Sales con alguien? —me preguntó.
—No, ahora no —confesé.
—Vaya.
—¿Vaya qué? —le interpelé.
Se encogió de hombros, algo avergonzada.
—Bueno, que no me lo esperaba. Es decir… que pensaba que saldrías con alguien —me miró con intensidad—. ¿No me estarás mintiendo, verdad?
—¿Yo? —me señalé el pecho con el pulgar—. No claro que no, ¿porqué iba a mentirte?
—Lo siento, ha sido una tontería.
—Vamos, no seas tonta, dímelo.
Negó con vehemencia, sacudiendo su melena.
—Déjalo, ¿quieres? Ha sido una chiquillajada.
La observé con detenimiento, cautivado por esa extraña mezcla de seguridad y vulnerabilidad, de feminidad y fuerza.
—Y tú, ¿tienes novio?
—No.
—Entonces, ¿puedo besarte?
Ella agachó la cabeza, ruborizada, y balbució algo que no entendí. Cogí su barbilla y la obligué a mirarme, mientras que con la otra mano rodeaba su cintura y la atraía hacia mí. Cuando uní mis labios a los suyos, hizo un leve ademán de resistencia, apretando mi pecho con mis manos intentando apartarme, pero yo insistí y ella se rindió entre mis brazos, abandonándose a un beso que resultaba más estimulante de lo que yo mismo habría supuesto. Antes de que lograra discernir qué era lo que tanto me atraía de Amanda, el beso se había acabado y ella me miraba anhelante. Lancé una rápida mirada hacia la pista, sopesando la posibilidad de volver allí, pero vi como mis amigos me miraban. Sin duda habían visto como la besaba, y supe que no me apetecía ser el centro de su conversación.
—Ven —le dije cogiéndola de la mano y guiándola hasta otro lugar.
Mi idea había sido ir hacia el fondo del local, donde había unos sillones dispuestos para la gente que quería charlar. Allí la música era algo más débil, debido a la lejanía de los enormes altavoces, pero me encontré con que estaban ya todos ocupados. Aún así, encontré un acogedor sitio al lado de una columna, aunque tuviéramos que mantenernos de pie.
La empuje con gentileza contra la columna y me abalancé de nuevo hacia sus labios, hambriento de ese nuevo sabor tan estimulante. Su barra de labios sabía a fresas y su lengua era deliciosa. Empujado por un impulso que no había visto venir acaricié su cintura por dentro del top de seda que llevaba y una oleada de sensualidad me recorrió. Ella agarró mis manos, pero no para apartarlas de su piel, sino para recorrer con sus propias manos mis brazos en sentido ascendente, hasta que su mano derecha se aferró a mi hombro y la izquierda me agarró por la nuca, intensificando el beso. La oí gemir bajo mis labios y le sonreí, casi sin apartarme de ella, antes de hundir mi boca en su cuello y mordisquearlo envuelto por el perfume de su pelo.
Su cuerpo se apretaba contra el mío, y lo sentí ardiente contra mi piel. Me estaba excitando muchísimo, y me sentía muy confuso, ¿cómo podía sentirme así con una chica? Nuestras caderas chocaron y volví a sus labios, sonriendo para mis adentros: ella también estaba excitada. No fue hasta unos segundos más tarde que me di cuenta de la discordancia. Ella era una chica, entonces, ¿por qué había una erección dentro de sus pantalones?
Me aparté bruscamente de ella y la miré aturdido. Ella debió darse cuenta de la situación en el acto, quizá porque era lo que estaba temiendo.
—Amanda —susurré, incapaz de ocultar en mi voz el estupor que sentía.
Se apartó de mí, escabulléndose de entre mis brazos, y dio dos pasos hacia atrás.
—Yo… lo siento…no quería.
—Pero Amanda —me acerqué a ella, intentando decirle que no pasaba nada, pero ella estaba tan avergonzada, quizá convencida de que yo era uno de esos machos heterosexuales que montaban en cólera en ese tipo de situaciones, que asustada se apartó de mí.
La agarré por la mano cuando se giró para irse, y tiré de ella hacia mí. Sus ojos relampaguearon cuando me miró, pero yo le sonreí contento: ahora sabía porque me gustaba tanto.
La atraje hacia mí y la abracé.
—No te vayas, muñeca —le supliqué muy cerca de sus labios—. Eres perfecta.
Ella me miró un momento más, evaluando si yo hablaba en serio. Luego sus ojos se dulcificaron y sonrió por fin. Volví a empujarla contra la pared y ataqué sus labios sin piedad.
Premio Blog de oro

Que me ha concedido mi amada Mavya, (auqneu seguro que sólo lo hizo para que siga reseñando sus historias, pelotera...).
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