Artistas Invitado: Frou Frou


Cambiamos de plano la ambientación del blog pasándonos al pop electrónico. Frou Frou, fue un duo británico de curioso nombre compuesto por la excéntrica Imogen Heap y Guy Sigsworth. Sólo sacaron un disco, "Details" en 2002. Yo como mucha gente, los descubrí en la banda sonora de la película "Garden State" (Zach Braff, 2004), pues el tema "Let Go" era el de los créditos finales. Aprovecho para recomendar la película, rara y preciosa, y su banda sonora, donde descubrí a otros de mis grupos favoritos "The Shins" que también nos acompañarán un mes de estos.
Ahora Sigsworht se ha centrado en su faceta de productor y Heep ha retomado la carrera en solitario que dejó de lado por el proyecto de Frou Frou, pero que yo sepa, como dúo siguen activos, escribiendo y produciendo para otros artistas. El mes que viene os presentaré el trabajo de Imogen Heap en solitario.
Os dejo con el videoclip de "Must be dreaming"

Microrrelatos

Hola, ya ha llegado el momento (sí ya lo sé, llegó hace dos días, pero es que estaba liada, ufff…) de publicar los microrrelatos participantes en esta edición.

Tanto que Nut se ha quejado de que la frase que nos dejó era muy difícil, y a pesar de eso, creo que esta es la convocatoria más concurrida.

Sólo hay una cosa que aclarar, y es que algunos relatos no tienen temática navideña, pero he decidido no descalificarlos por eso, porque me parece que no quedó suficientemente claro y hay gente que no se enteró.

Os dejo pues, siete relatos de seis autores (sí señores, autores en masculinos, que tenemos por fin cuota masculina). Disfrutadlos, y ¡no olvidéis votar por vuestro favorito!

Imprevistos:

Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista”

Le contó a Cécili, quien respondió con una carcajada, pensando en lo simpático que era aquel hombre que acababa de conocer, solo volvió por su bolso, estaba apurada, pero ella solo quería seguir escuchándolo un poco más…

Dan por su parte debía ganar más tiempo, sus socios ya estaban arriba haciendo lo suyo, siendo navidad el botín seria exuberante, en teoría nadie debería haber estado en ese momento pero esta mujer…

Si subía la asesinarían, Dan mismo debió de hacerlo de inmediato al verla, pero algo en sus ojos lo detuvo, ahora decididamente quería salvarla, no, ahora debían salvarse ambos…

Saga

Te prefiero porque no me amas.

Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista, como también lo había sido con el David de Miguel Ángel y el Prometeo del Rockefeller Center.

—Señor, su problema es un interesante fetichismo por los hombres inanimados —había diagnosticado el psicólogo que visitó cuando le denunciaron por intentar birlarse la reproducción en cera de David Beckham.

En cambio Carlos, mirándole con aquellas pupilas llenas de reproche y de amor no correspondido, opinaba diferente:

—Tu problema es que te aterra que alguien pueda amarte.

—¡Tonterías! —le había respondido rehuyendo cobarde su mirada mientras pensaba, como cada vez que estaban juntos, que perder era siempre más doloroso que nunca haber poseído.

Nut http://medianocheeneljardin.blogspot.com/

Recóndito Amor

"Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista”. Ese hombre de visión insondable relataba a su clase una maravillosa historia de antaño en donde los amores imposibles no existían, esos labios rojizos que invitaban a cualquiera a tomarlos, se movían con sensual ligereza, embaucando totalmente el joven corazón de Adán. Suspiró repetidas veces mientras las palabras hacían eco en su interior, la clase acabó junto con un sabor agridulce en su boca. Esperó hasta el final cuando todos se retiraron; una navidad llena de fantasías amorosas afloraba aquel año de sus quince, la utopía no estaba tan lejos deliberó besando esa boca de tono carmín.

Chaotic Kittie http://xchaotickittiex.blogspot.com/

Escasos segundos

"Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista”. El viejo del parque hablaba con parsimonia a sus oyentes, embaucando de amor los tiempos navideños; Ariel auscultaba desde lejos incrédulo de aquellos amores ilusos; había perdido sus esperanzas hace muchos años; la soledad y una gaseosa, eran su única compañía en estos tiempos.

Abandonado a la suerte de sus recuerdos se perdió entre las sonrisas de aquellos seres perfectos en las vitrinas, de pronto, el aire cálido de un susurro lo hace girarse, las mismas palabras de antes en aquellos labios carmín, lo aclamaban a soñar, supo enseguida que el amor no estaba tan lejos de su camino.

Chaotic Kittie http://xchaotickittiex.blogspot.com/

El robo perfecto

Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista…

El último cliente lo observaba atentamente, sin comprender la situación. A lo mejor se enamoró de la camisa verde, pensó, retirándose del local.

La aguja del reloj acariciaba las veintiuna horas. Las veredas cubiertas de algodón.

Tenía poco tiempo, ya debía asistir a la cena de navidad.

Sacó el maniquí de la vidriera, lo colocó junto al arbolito. Le dejó una tarjeta.

Al día siguiente regresó. El local estaba revuelto, policías por doquier. Buscó el maniquí. No estaba, soltó una lágrima. Una mano golpeó su hombro

— ¿Usted es el dueño del local?

— Gracias Santa—dijo Martín, besando al detective de camisa verde.

Neko Cristian Kanagwa

Silencio

Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista. Sus facciones, emergentes bajo la capa de polvo que había fijado el tiempo, hicieron que le diera un vuelco al corazón.

Echó un vistazo por el ventanal y contempló las calles, abarrotadas de gente que consumía a bocanadas el espíritu navideño.

Sabía que no era más que una hermosa réplica, pero esa Nochebuena, amparado en la indiferencia del mundo, acarició sus rasgos y vistió sus formas desnudas. Incluso, le llamó por su nombre, fingiendo que él seguía arrojando luz sobre su oscuridad.

Y es que, pese a todo, le seguía amando como el primer día.

Nisa Arce http://nisarce.blogspot.com/

"Santa, regálame una alfombra, por favor."

Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista. Cómo no serlo si aquel traje de corte desenfadado era perfecto para regalárselo a su novio. Sí, le encantaría y sería un buen obsequio para colocar debajo del pequeño árbol que tenían en el centro de su departamento. Ya podía imaginar la mirada risueña de Jack mientras abría el paquete. Las mejillas se le teñirían de rojo perdiéndose entre las esferas escarlatas pendiendo del árbol. Se aseguraría de cambiar la alfombra por una más mullida. No vaya a ser que el regalo de su novio lo volviera a dejar con dolor de rodillas. Y no es que se quejara, ¿eh?

Gretel http://kuro-no-sekai.blogspot.com/

Premio!

Hola, la querida Neko me ha dejado un premio en su blog ¡Arigatoooo!



Reglas:

1)Poner el premio en el blog: Me encanta la imagen, por Tutatis

2)Enlazar el blog el cual te entrego el premio: http://xchaotickittiex.blogspot.com/

3)Entregar el premio a otros blogs:


http://placer-yaoi.blogspot.com/

http://tsukinoyumeyaoi.blogspot.com/

http://pervermayu.blogspot.com/

http://mavya.blogspot.com/

http://traduccioneshomoeroticas-zicaruth.blogspot.com/

http://chibirushi.blogspot.com/

http://divinedecision.blogspot.com/

http://slashfictionhp.blogspot.com/


A través del sexo , capítulo 8

Bueno, aquí viene un capítulo que me ha costado mucho parir, pero mucho, mucho.
De hecho, si hoy puedo traerlo es solo gracias a Mavya que acudió en mi ayuda en unos de esos terribles momentos de crisis artística. En parte este capítulo está coescrito con ella o inspirado en ideas suyas, así que se lo dedico con todo mi amor: ya ves, pequeña mía, que incluso superbeta necesita que la rescaten de vez en cuando.

8

Amanda. Clara

No fui muy sutil aquella noche. Después de convencerla para que se quedara, la acorralé contra la pared para perderme en un mar de seda, pelo negro y gloss con sabor a frambuesa. No me paré mucho a pensar porqué Amanda me resultaba tan atractiva, no sabía si lo que me gustaba de ella era su parte masculina, esa erección que se insinuaba bajo sus pantalones vaqueros; o la femenina, mucho más patente y que dominaba toda su personalidad. En realidad, y como luego descubrí, Amanda era una mujer en todos los sentidos de la palabra, independientemente de lo que tenía entre las piernas, pero en esos momentos, la sensación de androginia era lo más fuerte, y lo dominaba todo.

Me atraía la idea de explorar su cuerpo, de tocar cada parte aunque nos estuviesen observando las cientos de personas que poblaban la discoteca. Quería dejar la marca de mis labios en cada trozo de piel, acariciar esos pechos que se insinuaban apenas cubiertos por la tela de la blusa. La sola idea de tener su cuerpo desnudo entre mis piernas me excitaba de una manera que no lograba comprender y mi curiosidad por la mezcla exótica que representaba el cuerpo de una transexual no hacía sino aumentar con cada beso, cada caricia. Saboreé con deleite la piel de la mandíbula, describiendo un húmedo camino hasta su oreja, mordiendo el lóbulo y rodeándolo con los labios para succionarlo. Amanda gimoteó junto a mí, al tiempo que me abrazaba y arrugaba la tela de mi camisa con sus dedos crispados. Envalentonado por esa respuesta, la arrinconé contra la pared y lamí todo el puente del oído muy despacio, antes de soplar sobre él, para hacerla temblar, mientras mis manos se dedicaban a acariciarla suavemente. Estaba muy excitado, no voy a negarlo, pero algo me decía que si era demasiado rudo iban a terminar dándome calabazas, así que me esforcé por ir todo lo despacio que la urgencia de mi cuerpo me permitía.

Primero recorrí su cintura con la yema mis dedos, lo más suave que podía dado el calor de la situación, mi boca descendió por su cuello dando besos y pequeñas mordidas, alguna que otra lamida que le sacaba jadeos suaves de entre esos labios voluptuosos y brillantes que deseaba comer. Amanda entrecerró los ojos, jadeando suavemente mientras que sus manos subían y bajaban por mi espalda. Su cuerpo, que al principio había estado tenso, se relajaba progresivamente entre mis brazos, como si se rindiera. Me sorprendió lo mucho que me excitaba su forma sumisa de actuar, como si tuviera cierta reserva o aún no se hubiera decidido, pero yo sí que estaba decidido a continuar, y si para eso debía hacer toda una labor y derretirla con mi boca y mis manos, no tenía el menor inconveniente en hacerlo.

—Noah, deberíamos parar —susurró apartándose un poco de mí.

—No… —respondí también en susurros, contra su oído, a la vez que mis manos aferraban sus nalgas y las apretaban bien, haciéndola restregarse contra mí. No pude sino ronronear de placer al escuchar el gemido que brotó de su garganta haciéndome desearla cada vez más, y por ello comencé a succionar su labio inferior, a mordérselo despacio entre tanto ella enrojecía, mirándome con los ojos semicerrados—. Deberíamos seguir en otro lugar.

Ella me miró un instante, dubitativa.

—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?

—Claro que sí, preciosa —contesté con mis labios mordiendo los suyos y una de mis manos acariciándole el hueso de la cadera, incapaz de alejarse de ella—, me gustas mucho.

—Pero…

—Shh —susurré, acercando mi boca a su oído—. No seas mala, linda. Me traes loco…

De nuevo la oí gemir y tomé aquello como un sí.

El juego de besos continuó sin importarnos quien nos estuviera mirando. Yo luchaba con su lengua, la mordía y la obligaba a danzar, sus manos se paseaban también por mi cuerpo, excitándome. Amanda gemía de una forma deliciosa, tan candente, ronca, mientras que yo jadeaba contra la piel de su clavícula a la que le dedicaba pequeños mordiscos. Ambos soltamos un jadeo de puro placer cuando atrapé su muslo entre mis piernas para apretarme contra él haciéndole sentir cómo me ponía y, aprovechando la posición, fregar su erección contra mi pierna.

—Noah… —gimió mordiéndose el labio—. N-noah, yo… hace tiempo que no hago esto. No sé… no sé si me sentiré segura.

—Puede que no lo parezca —lamí su hombro y me apreté más contra su muslo—. Pero estamos en igualdad de condiciones.

Amanda pareció dudar un momento más antes de sonreírme, partirme la boca con un beso y presionarme aún más con su pierna. Así estuvimos, aprovechando la oscuridad de la discoteca para acariciarnos, besarnos sin descanso y gemir nuestros nombres mutuamente hasta que se excusó para ir al baño, diciendo que tenía que arreglarse un poco.

La acompañé hasta la puerta del baño y admiré que pudiera caminar erguida hasta ahí, yo no podía mantenerme en una sola pieza. La esperé un rato fuera. Un grupo de chicas entró en el baño, tambaleándose sobre sus tacones. Algunas de ellas me echaron miraditas, pero al ver que no estaba interesado pasaron de largo. Me apoyé contra la pared y me metí las manos en los bolsillos. Los minutos pasaron lentos. El mismo grupo de chicas salió pero de Amanda no había señal y yo estaba empezando a perder la paciencia. Al final, harto de esperar y al ver que no había nadie cerca, me metí en el baño.

Ella estaba frente al espejo con el maquillaje recién corregido, empapándose la nuca con agua del grifo con una mano mientras que con la otra mantenía su cabello atado a un lado de su cuello. Tenía los ojos cerrados y estaba tan embebida en sus pensamientos que no me oyó cuando me acerqué y la abracé por detrás.

—¡Noah! —gritó escandalizada—. ¿Qué haces aquí?

—No podía dejar de pensar en ti. Temía que desaparecieras en el aire cuando menos me lo esperara.

Amanda se ruborizó de nuevo en un gesto muy femenino, pude ver su reflejo en el espejo y se sonreía.

—Las cosas que dices.

Me acerqué a su oído para susurrarle:

—Sólo la pura verdad, hermosa.

Y eso bastó. La atraje hacia mí para pegar nuestros cuerpos y volver a menearnos juntos un poco. Lamí el agua que corría por su nuca, respirando fuerte sobre su piel mientras que el espejo me dejaba ver su expresión de goce. Ella apoyó ambas manos en el lavabo y movió las caderas hacia mí. Ambos gemimos cuando sus glúteos se frotaron contra mi recién resucitada erección. Mis manos iban una a su pecho, la otra a su entrepierna y volví a mirarla.

Su cara distorsionada por la excitación me puso a mil. Podía sentir el calor entre sus piernas incrementarse, el pezón al que acariciaba por arriba de la tela erguirse a la par y deseé poder meterme ambos a la boca para chuparlos y ver cuánto podían crecer. Cuando ella puso su mano sobre la mía para guiarme, apretándola contra su propio cuerpo, le mordí el hombro y la hice girarse. Quería hacerlo en ese mismo momento y lo hubiera hecho de no ser porque ella se me adelantó y se colgó de mi cuello, besándome de tal forma que me derretí.

Gemí su nombre y lo gocé. Esa chica estaba volviéndome loco. Seguí con mi lengua una gota de agua que resbaló por su escote y, que en mi imaginación, descendía hasta llegar a uno de los pezones para humedecerlo y hacerlo endurecer, llamándome desde el otro lado de la tela para morderlo y hacerlo mío. Quise seguir a la furtiva gota y deslizar mis labios hasta su pecho, pero no pude hacerlo, porque el ruido de unos tacones en el pasillo que daba al baño nos alertó a tiempo de escondernos en uno de los cubículos aguantando la risa. El cubículo era muy estrecho y nos obligaba a estar muy juntos, uno frente al otro, apenas a unos centímetros de distancia, mirándonos. Respirábamos aceleradamente, pero intentábamos no hacer ruido, mientras la puerta del baño se abría y entraban unas chicas. No fue hasta que empezaron a hablar que nos dimos cuenta que eran las amigas de Amanda.

—La verdad que el niñato ese se lo tiene muy creído, ¿no? —decía una de ellas, por la voz nasal y antipática supuse que era Carlota, que aún debía estar enfadada por no haberse encontrado con el chico que le gustaba.

—Puede ser —contestó la voz cantarina de Andrea—, pero está bastante bueno.

—¿Te vas a acostar con él? —preguntó Carlota.

—No lo sé, besa muy bien —se oyeron unas risitas nerviosas—. Y vosotras dos, ¿qué vais a hacer?

—A mí no me mires, el que no haya visto a Borja esta noche no quiere decir que me vaya a ir con el primero que se me ponga por delante.

—Yo creo que me voy a casa —añadió la tercera, cuyo nombre ahora no recordaba, era una chica apocadita y tímida a la que casi no le había oído encadenar más de dos palabras seguidas—. A mí tampoco me gusta ninguno.

—Sí que te gusta uno —resopló Carlota—, el rubio aquel que se fue con Amanda.

Sonreí en ese momento y ella me correspondió.

—Te has quedado con el rubio aquel —susurré contra su oído. Ella ahogó una risita contra mi hombro.

—Vaya sorpresita que se va a llevar el pobre chico —continuaba Carlota.

—¿A qué refieres?

—¿Ah? ¿Es que no lo sabes?

—No seas cabrona, Carlota —intercedió Andrea, con la voz de repente muy seria.

—¿Cabrona por qué? No hago más que decir la verdad.

En ese momento volví a mirar a Amanda. Tenía los ojos muy abiertos en una mezcla de estupor y enfado. Hubo un silencio y de repente estallaron unas risitas.

—¿De verdad? —decía la tímida—. ¿No tenía ni idea?

—No os paséis —la voz de Andrea mostraba cierto enfado—, Amanda es mi prima.

—Tu primo, querrás decir —añadió Carlota entre risas.

Amanda se revolvió entre mis brazos e hizo un ademán de abrir la puerta.

—Yo la mato —musitó.

—Shh —agarré su muñeca y la inmovilicé con mi cuerpo contra la pared del cubículo—. No vale la pena, no salgas.

Me miró con los ojos desolados y arrasados en lágrimas.

—Es una hija de puta —siseó.

—Sólo te tiene envidia, tú estás mucho más buena —susurré—. No dejes que te moleste.

Al otro lado de la puerta la conversación había derivado en una pequeña discusión entre Andrea y Carlota, hasta que salieron del baño dando un portazo.

Nos quedamos solos de nuevo, pero no salimos de nuestro escondite, sino que nos quedamos quietos donde estábamos, sin movernos.

Durante un instante no supe que decir, ella tenía la mirada baja y yo sentía que debía decir algo, pero no sabía el que.

—Esto es tan humillante —dijo al fin con un hilo de voz.

—¿Humillante por qué? —le pregunté.

—Joder Noah, parece mentira que me lo preguntes.

Entonces me reí.

—¿De qué te ríes? —había un evidente enfado en su voz.

—Estaba pensando en lo que diría Carlota si se enterara de que ya me llevé la sorpresita, y que me encantó.

Eso pareció relajarla y me sonrió.

—Aún me cuesta creer que yo te guste.

Di un paso hacia delante, consiguiendo estrecharla con mi cuerpo contra la pared.

—¿Qué tengo que hacer para que me creas cuando te digo que me gustas muchísimo? —al mismo tiempo que decía esas palabras, desabroché su bragueta y metí las manos dentro de sus braguitas.

—Noah, no —me dijo, resistiéndose un momento.

Insistí con mi mano, mientras volvía a besar su cuello.

—¿Por qué no? —dije empezando a acariciarla.

Agarró mi mano por la muñeca y la sacó de dentro de sus pantalones.

—No es que no quiera hacerlo, pero así no me siento cómoda.

Se dio la vuelta con cierta dificultad, debido a la estrechez del sitio, quedando de cara a la pared y de espaldas a mí.

—Mejor así —me dijo, mirándome por encima de su hombro.

—Mejor así —consentí, acercándome a besar sus labios, ofrecidos a medias, y acariciando extasiado la línea de sus caderas.

Volvió a apretar sus glúteos contra mí y una oleada de deseo me golpeó. Tironeé de sus pantalones hasta que se los bajé lo suficiente como para poder acariciar su culo sin ninguna tela de por medio. No pude sino maravillarme al mirar aquellas nalgas redondeadas, plenas y rotundas, tan diferentes a las angulosas caderas a las que David me tenía acostumbrado. Tanteé con mi mano en busca de su entrada mientras seguía besando su nuca. Un gemido se estranguló en su garganta cuando la encontré y aventuré uno de mis dedos a explorarla con ansia. Mi otra mano se había colado por debajo de su blusa y pellizcaba uno de los pezones. Amanda tenía apoyadas sus dos manos en la pared, a los lados de su cabeza y movía sus caderas para incitarme. Saqué mi mano de entre sus glúteos y mordí su cuello, abriendo mis propios pantalones y sacando mi latente erección, que dolía de las ganas y la metí en el hueco que se formaba entre sus nalgas y sus muslos, ansioso por un poco de calor.

—Noah —jadeó ella al sentir el contacto de mi polla.

Intenté decir algo, me parece, pero mi garganta estaba secuestrada por el deseo y no pude articular palabra. Cogí sus manos y las inmovilicé contra la pared, sobre su cabeza, al tiempo que me posicionaba para penetrarla.

—Noah, ¿no tienes condones? —susurró mirándome a medias.

Mi primera reacción fue decirle que sí, que claro que tenía, pero entonces recordé que le había regalado a Pablo los dos últimos que me quedaban. “No creo que yo los necesite por el momento” le había dicho.

—Mierda —siseé, apartándome un poco de ella.

Amanda se giró y me mió desolada.

—Pues yo tampoco tengo.

Me apoyé contra la pared contraria y miré apesadumbrado mi propia erección, que ajena al problema seguía latiendo en busca de acción.

—Madre mía, cómo estás —dijo ella acercándose a mí y acariciando mi pene por primera vez, con cierta dulzura—. Pobrecito —añadió riendo—, así no vas a poder ponerte los pantalones.

Me encogí de hombros, compungido.

—¿Y ahora qué?

—Podemos ir a mi casa si quieres —se abrazó a mí y me ronroneó—: mis padres están de viaje, así que podremos estar solos. Allí sí que tengo condones.

—Pues vas a tener que esperarte un rato a que esto se baje —señalé mi entrepierna con una sonrisa irónica—, si salgo así puedo clavársela a alguien.

—Eso no puede ser —Amanda me siguió la broma—, hoy sólo me la puedes clavar a mí.

Y mientras decía eso, volvió a acariciarme, rodeando el tronco con su mano y presionando un poco.

—Si haces eso no me voy a poder relajar —gemí.

Pero ella siguió tocándome, hasta que me quedó claro que no iba a parar. Apoyé mi cabeza en su hombro, y ella me rodeó con su brazo libre, mientras con su otra mano seguía masturbándome. Comencé a gemir más fuerte, a medida que el placer se extendía por mi cuerpo como un manto cálido. Rodeé su espalda y clavé mis manos en su piel, aferrándome a ella cuando mis piernas parecían no querer sostenerme. Hundí aún más mi boca en su hombro, para acallar mis gemidos. El orgasmo vino rápido, como una electrizante punción que me recordó el mes de abstinencia que acababa de terminar. Amanda me seguía manteniendo y enredó sus manos en mi cabello.

—Shh, ya está —me susurró cariñosa—, ahora ya te puedes abrochar los pantalones.

Me reí contra su piel y le di un beso en el cuello, antes de apartarme de ella y coger algo de papel para limpiarme.

—¿Sigues queriendo ir a mi casa? —preguntó, mirándome dubitativa.

Levanté una ceja incrédulo.

—¿Tú que crees?

Tomamos un taxi hasta su casa que yo insistí en pagar, quizá porque sin quererlo, eso de estar con una chica me obligaba a comportarme de manera diferente. Cuando nos vimos envueltos en la relativa intimidad del taxi, nos volvimos a besar con salvajismo. Sus manos, muy osadas, me acariciaron por encima del pantalón, como si quisiera volver a masturbarme a través de la tela. Yo, envalentonado por su atrevimiento, me abalancé sobre ella, presionándola contra el respaldo del asiento y acaricié uno de sus pechos, sostenido solo por la ligera tela de la blusa, aún a sabiendas de que el taxista nos miraba por el espejo retrovisor interno con una expresión libidinosa. Sentí bajo mis manos como su pezón se endurecía y quise poder chuparlo y lamerlo para averiguar cuan grande podía llegar a ser.

No dejé de morder sus labios hasta que nos bajamos y entramos en el portal y mientras ella buscaba en su bolso las llaves de la puerta yo me mantenía detrás de ella y acariciaba sus pechos suavemente mientras le besaba la nuca.

—Amanda… —me obligué a suspirar, aprisionándola contra mí—. Creo que deberíamos entrar.

Ella soltó una carcajada que sonó algo trémula, pero siguió buscando las llaves en su bolso con manos temblorosas y yo, inquieto, la tenía abrazada por la cintura, dándole pequeños besos a sus hombros. Al fin las puertas se abrieron, entramos y las cerramos de una patada antes de comenzar otra vez con la vorágine de caricias y besos. La empujé contra la pared del pasillo y volví a atacarla, mientras ella se colgaba de mi cadera con sus piernas y se fregaba contra mí, ansiosa. Me arrancó la camisa, pasándome luego las uñas por la espalda. No pude sino gemir. Avancé un poco más, aún cargándola y la senté sobre una cómoda que había en mitad del pasillo, sin salir de entre sus piernas. Le quité la blusa, dejando por fin sus pechos al descubierto y mientras los masajeaba entre mis manos me froté contra su entrepierna imitando la penetración.

—Que ganas tengo de follarte —gemí, completamente excitado de nuevo.

Como toda respuesta ella volvió a fregarse contra mí, mirándome con los labios húmedos y entreabiertos.

—Llévame a mi cuarto —dijo señalándome la habitación del fondo.

La volví a cargar en brazos, abrazada de pies y manos a mi cuerpo. Tuve una fugaz visión de mí mismo siendo llevado a la cama de esa misma manera, pero me sacudí el recuerdo mordiendo de nuevo los labios de Amanda hasta que gimió de dolor. No estaba dispuesto a que el recuerdo de David me estropeara la noche de nuevo.

Al llegar a la habitación la tiré sobre la cama y me quedé de pie mirándola. Ella se contoneó muy sensual y empezó a quitarse los pantalones, quedando sólo con las braguitas puestas, bajo las que se veía su incongruente erección. Esa imagen me excitó aún más y me desnudé, para unirme a ella en la cama. Subí desde sus piernas, lamiendo su cuerpo. Su piel era muy morena y estaba depilada, lo cual fue una nueva sensación para mí, era tan suave. Rodeé su ombligo y lo humedecí, formando un pequeño lago de saliva en medio del valle de su abdomen. Seguí subiendo y lamí la parte baja de su seno izquierdo para luego describir una camino zigzagueante hasta llegar a la cumbre. Su pezón estaba erguido, rodeado por una aureola muy oscura, casi de color violeta. La miré a los ojos mientras recubría el pezón con mis labios y sentía como la piel a su alrededor se endurecía por el húmedo contacto. Fue entonces cuando por primera vez comprendí la fascinación masculina por los pechos de las mujeres: por su tacto turgente, por la sensualidad de sus movimientos, por como reaccionaba ante un simple beso. Cubrí su pecho con mi mano y descubrí deleitado que no cabía en mi palma. Subí hasta sus labios y la besé con suavidad.

—Dios mío, eres preciosa —susurré apoyando mi frente en la suya.

Ella cogió mi cara entre sus manos y me besó otra vez, en un gesto lento y ardiente. Bajé las braguitas con mis manos, dejando que la tela elástica rodara por la tersa piel de sus muslos y me abrí paso con las rodillas, hasta que me vi entre sus piernas. Presioné mi erección contra la suya, dejándome llegar por el placer que sentía.

—En la mesita de noche —susurró.

—¿Qué?

—Los condones —aclaró con cierta timidez.

Alargué la mano para abrir el primer cajón y rebusqué a tientas hasta encontrar el familiar envoltorio de plástico. Lo cogí, lo rasgué y me alejé un poco de ella para ponérmelo. La miré mientras lo hacía, desenrollándolo despacio por mi extensión. Amanda me miraba con ojos enturbiados por la pasión. Volví a recostarme sobre ella y un suspiro salió de nuestros labios al volver a estar juntos. Levanté una de sus piernas sobre mi hombro y ella puso la otra sobre mis glúteos.

—Hace mucho que no hago esto —me dijo, algo tímida.

Le sonreí comprendiendo, volví a rebuscar en el cajón hasta encontrar un bote de lubricante. Eché un poco sobre su entrada, acariciándola un poco, y luego adentré mis dedos en ella. Amanda gimió y se retorció de placer con los ojos cerrados.

—No, muñeca, no cierres los ojos. Mírame —acerqué mi rostro al suyo mientras sacaba mis dedos de su interior y me posicionaba para penetrarla—. No dejes de mirarme.

Sus ojos negros se clavaron en los míos cuando moví mi pelvis para entrar en ella. Abrió los labios en un grito sordo, y unas lágrimas asomaron a sus ojos. Seguí entrado muy despacito, a medida que su cuerpo me iba aceptando. Tarde unos minutos en estar del todo dentro, y cuando al final fue así, exhalé un gruñido de satisfacción y me incliné para morder su boca. Comencé a moverme hacia fuera muy despacio, para luego volver a entrar, rápido y firme en sus entrañas. Amanda gimió y se aferró a mi espalda, arañándome la piel con sus uñas, invitándome a hacerlo una y otra vez. Solté su pierna y dediqué mis manos a recorrer su cuerpo en sentido ascendente. Llegué a sus brazos y subí por ellos, cogí sus manos entre las mías y las inmovilicé contra el colchón, mientras me enterraba más y más entre sus piernas. Ella gimió al verse inmovilizada y se sometió a mí, dejándome ver su cuello para que se lo mordiera. Lo hice sin reparos y sin dejar de penetrarla una y otra vez. Ella movía sus caderas, acompasándose a las mías, en una obediencia que me ponía a mil. En un rapto de pasión, salí de ella y la giré sobre el colchón, dejándola boca abajo. Tiré de sus caderas, elevándolas de manera que quedó apoyada sobre sus rodillas, expuesta por completo. Me recreé unos instantes en la vista que se me ofrecía antes de ponerme de rodillas detrás de ella y volver a penetrarla. Lo bueno de esta posición era que me permitía ver como mi miembro entraba y salía de ella, como su estrecho ano me acogía por completo. Ella se apoyó en el cabecero de la cama y gimió con fuerza.

—Noah…, mmmh, Noah…

Los músculos de su entrada se convulsionaron con fuerza durante su orgasmo y aproveché el momento para penetrarla con más violencia, buscando descargarme. El orgasmo esta vez fue más lento, más pleno que el que había conseguido entre sus manos en el baño, y me dejó exhausto y cubierto de sudor. Me desplomé en la cama y me quité el condón. Ella gateó hasta llegar a mi lado. Me miraba con los ojos hambrientos y llenos de dudas.

—Ven aquí —le dije con los brazos abiertos.

Ella se refugió en mi pecho y me abrazó, agradecida.

—Noah —gimió—. Ha sido maravilloso.

Besé su pelo, que olía a melocotones y asentí despacio, sintiendo como la tensión del orgasmo se desvanecía dejando en su lugar un oasis de paz en mi pecho. Acaricié su piel con suavidad, deleitándome en el contacto de su cuerpo tibio contra el mío.

—Eres fantástica, Amanda.

—Llámame Mandy.

—¿Es así como te llaman los demás?

Negó con la cabeza sobre mi hombro.

—Nadie me llama así, pero me gustaría que tú lo hicieras. Es que…, eres el primero, ya sabes —dijo avergonzada—, desde que me llamo Amanda.

—Entiendo —susurré.

—Por eso te dije que hacía tiempo desde la última vez. Hace más de un año que no me acostaba con nadie.

—¿En serio? —levanté las cejas incrédulo—. Yo hace casi un mes y pensaba que era una eternidad —bromeé.

Ella rió.

—¿Puedes quedarte un ratito conmigo?

Pensé que era muy tarde. Luego pensé que aunque mi madre me dijera que podía llegar un poco más tarde, no debería pasarme mucho de la hora. Luego dejé de pensar.

—Claro que sí, preciosa. Todo el tiempo que quieras.

Amanda sonrió y se abrazó más fuerte a mí. Cogí la manta que estaba a los pies de la cama y cubrí nuestros cuerpos con ella. No creo que tardara mucho en quedarme dormido.

Me despertó la claridad que provenía de la ventana. Amanda dormía a mi lado, enroscada sobre sí misma. Miré al reloj de la mesilla de noche y comprobé que eran las ocho de la mañana.

Dudé sobre lo que debía hacer. Tenía que irme si no quería que mi madre me matara, pero no sabía si despertarla para despedirme o no.

Me levanté despacio de la cama y cogí mi ropa del suelo. Mire a mí alrededor por primera vez mientras me vestía. La habitación de Amanda era muy femenina, lo cual no debió haber sido una sorpresa para mí. De hecho, era como yo siempre había imaginado que debía de ser el cuarto de cualquier chica: la colcha de la cama, en la que no había reparado la noche anterior, tenía un estampado de flores; en las estanterías de la pared se podían ver varias muñecas viejas, quizás sus compañeras de juegos en la infancia; a un lado había un escritorio perfectamente ordenado con un ordenador encima y al lado un sillón blanco en el que descansaban un cojín de color rosado y un enorme oso de peluche de color violeta que llevaba un corazón entre sus manos. En la pared del fondo y como presidiendo la habitación, había un enorme póster de la película “Titanic”. La noche anterior, entre la excitación y la semioscuridad no me había percatado de esos detalles. Ahora lo que me sorprendía era que Amanda no hubiera sido una chica desde siempre.

Me giré hacia ella aún indeciso, y vi que dormía profundamente. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su pausada respiración. Decidí no despertarla y la cubrí con la colcha. No pude reprimir el impulso y le di un beso en la frente. Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí.

Recorrí el pasillo y recogí mi camisa, que había dejado abandonada allí la noche anterior. Pensé que lo correcto sería llamarla, pero la verdad era que no le había pedido su número de teléfono. Pensé en eso cuando me abotoné la camisa y tuve una idea. Fui hasta el salón y localicé el teléfono sobre una mesita auxiliar. Levanté el auricular y como me esperaba, allí estaba escrito el número de teléfono. Encontré un listín telefónico y un bolígrafo y lo apunté para no olvidarlo. Luego, en otra hoja dejé una nota.

Te llamaré

Noah

La dejé en la cómoda que había en el pasillo y salí del piso. La mañana estaba fresca y soleada y decidí volver caminando a casa, sintiéndome como en una nube y disfrutando del buen tiempo. Paré en una panadería que ya estaba abierta y me compré un croissant que me comí por el camino. Cuando llegué a mi casa, eran más de las ocho y media. Rogando para que nadie se hubiera dado cuenta de lo tarde que llegaba abrí la puerta con cuidado de no hacer ruido, y me escabullí hasta mi habitación. Una vez allí desnudé y me colé entre las frescas sábanas de mi cama. Dormí hasta pasado el mediodía.

—Fue un poco raro.

Pablo y yo habíamos quedado en una cafetería cerca de la academia de artes para hablar. Desde que por teléfono le conté que había conocido a una chica trans, él quiso quedar para que se lo contara todo. Acababan de empezarle las clases e iba cargado con una de esas enormes carpetas de dibujo y una mochila, porque a pesar de ser sábado, había tenido que ir a la academia para realizar un proyecto. Tenía una mancha de pintura verde en su camiseta, estaba despeinado y parecía feliz. Era la viva imagen de un artista muerto de hambre.

—¿Sólo un poco? —preguntó levantando una ceja con asombro—. Debe de haber sido aterrador, aunque tuviera polla.

—Bueno, no sé…, tampoco es para tanto.

—Yo una vez que acosté con una chica, ¿te lo había dicho? —como negué con la cabeza, continuó—. Fue cuando estaba en el instituto. Y la mía era una chica de verdad, por todas partes, con vagina, clítoris y todo eso, puedo asegurártelo —hizo una mueca de asco con los labios que me ahorró el tener que preguntarle que le pareció y luego encogió los hombros—. Lo único que me gustó fue el tema ese de la autolubricación, daría un ojo porque mi culo se mojara así al ver un tío bueno.

Justo en ese momento la camarera se había acercado a la mesa a cogernos el pedido y por la mirada que nos echó pude adivinar que había oído su perorata. Me encogí todo lo que pude, intentando esconderme, pero él se limitó a pedirle dos cafés a la chica, que se alejó de la mesa lanzándonos miradas curiosas por encima del hombro. Hubo un momento de silencio en el que yo intenté reponerme de la vergüenza que me había hecho pasar mientras él se reía de mi cara.

—De verdad, Pablo —dije al fin en un susurro, mientras él seguía riéndose—, ¿tenías que decir vagina, clítoris y culo en la misma frase?

—Y autolubricación —me recordó levantando el índice, como un profesor ante su audiencia—. No te olvides de esa, que es importante. Sólo me faltó decir polla.

La camarera volvía a la mesa en ese momento, trayendo los dos cafés, y esta vez sí, nos miró como si fuéramos delincuentes, pero Pablo, ignorando a la chica siguió hablado como si nada.

—Hablando de pollas… —la camarera dejó los dos cafés sobre la mesa y se largó a paso rápido—. ¿Te acuerdas del camarerito?

Sonreí ladino.

—¿El que terminaba el turno a las nueve?

Pablo parecía complacido.

—Ya llevamos dos semanas saliendo —anunció orgulloso—, y no veas la polla que tiene —separó las manos una distancia tal que me convencí que estaba exagerando—, además es buenísimo en la cama. Anoche con los dedos de los pies me hizo una…

—De verdad, Pablo —levanté las palmas de las manos—, que no necesito ese tipo de detalles.

—¿Ah no? —de repente pareció decepcionado—. ¿No quieres saber cómo me va con mi chico?

Meneé la cabeza.

—Sólo con que le llames “mi chico” me hago la idea de lo bien que te irá.

—Creo que me he enamorado —dijo soñador estudiando las vigas del techo con su mirada. Le creí, aunque sólo porque aún no le conocía lo suficiente como para saber que se enamoraba una vez cada quince días—. Es un encanto. ¿Y tú? ¿Vas a volver a ver Manolo?

—¿A Manolo? —pregunté sin entender, pero luego vi como se reía—. No seas cabrón, se llama Amanda.

—Eso, perdona. Se me había olvidado que hablábamos de una chica.

—No hace falta que te burles de ella, ¿sabes?

—O sea, que vas a volver a verla —se reclinó contra su asiento y me miró, estudiándome—. Te gusta.

Me encogí de hombros.

—No lo sé, creo que sí. Ya te dije que fue raro.

Pablo bebió un sorbo de su café.

—Y tanto —susurró como si estuviera hablando consigo mismo.

Pablo y yo seguimos hablando un rato, luego se despidió de mí, dijo que tenía que irse a casa para seguir con su proyecto. Salí de la cafetería y vagabundeé por las calles un rato hasta que me decidí a estrenar mi móvil nuevo. Saqué del bolsillo trasero de los vaqueros la cuartilla en la que había escrito el teléfono de Amanda y llamé. Dio dos tonos antes de que alguien contestara.

—¿Sí?

—¿Mandy? —pregunté algo inseguro.

—Sí, soy yo —me respondió, luego oí como le decía a alguien—: Es él.

—¿Con quién estás?

—Con mi prima —me respondió, supuse que se refería a Andrea—, te manda recuerdos.

Asentí mientras juntaba valor.

—Oye, a lo mejor estás ocupada ahora, pero me gustaría volver a verte.

La oí reír al otro lado de la línea.

—Que bien, pensaba que no me lo ibas a pedir.

Tardé menos de media hora en llegar a su casa. Cuando me abrió la puerta me dejó sin aliento, estaba casi desnuda.

—¿Tu prima ya se ha ido? —pregunté con un hilo de voz mientras me la comía con la mirada.

No me contestó. Se limitó a mirar el rellano para ver si había alguien y luego tiró de mí hacia el interior de la casa.

—¿Tú que crees? —me dijo justo antes de cerrar la puerta.

El 20 de septiembre llegó, y con él, el primer día de clase. Abrí los ojos mucho antes de que sonara el despertador, y me quedé unos minutos acostado en la cama, pensando en lo nervioso que estaba. Tenía el estómago en un puño, y apenas pude desayunar nada. Me costó un mundo decidir que ropa ponerme, consciente de que iba a una universidad de niños pijos, y no sabiendo muy bien como iba a encajar entre esa gente. Al final, por pura coquetería, y sin que mi madre me viera, saqué los vaqueros de Ralph Lauren que David me había regalado y me los puse con una de las camisas más nuevas que tenía. En parte me sentía un poco ridículo, como si me estuviese disfrazando para caer bien, pero en realidad, lo que quería era empezar con buen pie, y aunque suene estúpido, tenía la sensación de que esos vaqueros me traerían buena suerte. Cogí el metro hasta la universidad y cuando estaba en él recibí un mensaje de Pablo deseándome suerte en el primer día “Deslumbra a esos pijorros”, decía como toda despedida.

Caminé despacio hasta la entrada de la universidad, sabiendo que estaba llegando con antelación. La primera clase no empezaba hasta las ocho, y era poco más de las siete y media. Había tenido que venir unas cuantas veces para formalizar la matrícula y me había asegurado de recorrerme el lugar y averiguar donde estaban las clases, así que no había ninguna prisa.

La universidad constaba de un alto edificio de piedra gris, con un aspecto señorial y austero, en el que se encontraban las aulas, y varios pequeños edificios anexos, donde estaban los despachos de los profesores, los laboratorios, las salas de audiovisuales, el gimnasio, la biblioteca y varias cafeterías. A sus pies, se extendía un amplio aparcamiento para los profesores y el alumnado. Sabía que detrás del edificio principal se escondía un enorme espacio arbolado, tapizado por un suave césped. El día que lo vi por primera vez, había varios alumnos sentados en el césped, charlando, estudiando para los exámenes de septiembre o simplemente descansando. Supe nada más verlo que ese se convertiría en mi rincón favorito de la universidad y no me equivocaba.

Atravesé el arco de piedra que daba acceso al recinto y pasé frente al aparcamiento de camino a la entrada al edificio principal, pero algo que vi por el rabillo del ojo hizo que me detuviera. Había un deportivo negro, igual que el de David aparcado allí, bajo un árbol. A pesar de que me dije a mí mismo que debía haber miles de coches iguales a ese, no pude resistir la tentación de mirar con más detenimiento. Mientras lo hacía, la ventanilla del conductor se abrió, delatando la presencia de alguien dentro del coche, que lanzó hacia el suelo una colilla consumida. Incluso a aquella distancia no me costó distinguir quien estaba al volante.

Me quedé paralizado, como si el mundo se desvaneciera a mí alrededor, contemplándole. Él estaba concentrado en el salpicadero de su coche, quizá cambiando la emisora de la radio y no miró hacia mí hasta que puso en marcha el motor. Entonces, al levantar la vista, nuestros ojos se encontraron. No arrancó, sino que se me quedó mirando, el ronroneo del coche audible desde yo me encontraba, hasta que quitó la llave del contacto, abrió la portezuela y salió del coche. Aterrorizado de que lo hiciera para acercarse a mí, desvié la mirada y caminé con rapidez hacia el edifico sin mirar atrás. Sabía que no podía enfrentarme a él, que si le tenía muy cerca de mí me derrumbaría. Fue entonces cuando me di cuenta de qué significaba aquel día: el 20 de septiembre era también el día en que David y yo hubiéramos hecho siete meses juntos. Había estado tan nervioso por el inicio de las clases y tan obsesionado con Amanda que ni siquiera lo había pensado.

Me metí en el primer lavabo que encontré y me encerré en él con el corazón desbocado. Tan sólo hacía un mes de aquel fin de semana que habíamos pasado juntos, pero parecía que había pasado una eternidad. Fue en ese entonces cuando yo me tatué una “D” en mi baja espalda, y habíamos estado juntos dos días en su casa haciendo el amor una y otra vez. Aquella había sido la última vez en la que había sido realmente feliz. Con un nudo en mi garganta, contuve mis sollozos tapándome la boca con la palma de las manos, intentando no recordar.

Al final conseguí calmarme y respirar más despacio, hasta que mi mente se aclaró un tanto, y empecé a hacerme preguntas: ¿Qué hacia David allí? ¿Por qué estaba dentro de su coche en la puerta de la universidad el primer día de clase, como si estuviera esperando algo? ¿Me estaría esperando a mí?

Un súbito calor se aposentó en mis entrañas mientras pensaba en ello. ¿Qué otra razón podía él tener para estar allí? ¿No era demasiada coincidencia? “No seas iluso”, me dije en un rapto de pragmatismo. “¿Por qué iba a querer David verte?”. Pero entonces recordé como había hecho el ademán de salir del coche. ¿Es que acaso quería hablar conmigo? A mi mente acudieron, sin que yo pudiera remediarlo, imágenes de mis fantasías, en las que David volvía a mí y me tomaba entre sus brazos y se entremezclaron con los recuerdos de aquel fin de semana que ahora ya no podía reprimir. ¿Tan imposible era que él me echara de menos? Y si no era así, si lo que quería decirme era otra cosa, ¿qué perdía yo por escucharle?

Salí del lavabo y corrí hacia la entrada del edificio, esperanzado. Llegué al aparcamiento buscando el deportivo de David con la mirada. Pero ya no estaba allí.

Sintiéndome como un idiota, dirigí mis pasos hacia la clase.

La clase era grande y ya había mucha gente dentro. Algunos alumnos charlaban en grupos, pero la mayoría se mantenía en su sitio, muchos como yo que no conocían a nadie allí. Elegí una mesa libre, en el centro de la clase y fui hacia ella. No había hecho más que sentarme, cuando oí un aumento en los murmullos de la clase. Seguí la mirada de algunos chicos y descubrí lo que todos estaban mirado: en el umbral de la puerta había una chica, y no una chica cualquiera. Probablemente, era la tía más guapa que cualquiera de ellos hubiera visto nunca, en todo caso, la más guapa que yo me había echado nunca a la cara. Era muy bajita, como luego supe, no llegaba al metro sesenta, y muy delgada y menuda. Sus piernas eran morenas y torneadas, mostradas casi por completo por una faldita blanca ridículamente corta; sus pechos eran pequeños y se marcaban bajo una camiseta rosada. Tenía el pelo negro, liso y cortado a la altura de las orejas, y unos ojos enormes y oscuros, que destacaban en su carita ovalada de boca pequeña, pero el conjunto era encantador. Había en ella, además, un aire de cierta familiaridad que me resultaba atrayente, así que, como todos los demás, no dejaba de observarla. Ella parecía ajena al hecho de que era el centro de atención, y se concentraba en buscar con la mirada un sitio donde sentarse. De repente me miró, anclando sus profundos ojos en los míos, para luego reparar en que la mesa a mi derecha estaba vacía. Caminó con decisión hasta mí, haciendo resonar sus tacones contra el suelo de mármol, y se sentó a mi lado, posando sobre su mesa un enorme bolso de piel color burdeos con el símbolo de Chanel. Mi primera reacción fue pensar que era una imitación, hasta que recordé donde estaba. De hecho, me fijé que todo lo que llevaba puesto era de marca. No sé si ella se dio cuenta de que la estaba mirando, el hecho es que se giró hacia mí y me saludó con una enorme sonrisa.

—Hola, soy Clara —dijo con la intención de que le respondiera.

—Yo me llamo Noah —contesté.

Me lanzó una nerviosa sonrisita.

—No conozco a nadie, ¿y tú? —me preguntó en voz bajita, como si fuera una confidencia.

Me incliné un poco hacia su mesa y le contesté en el mismo tono.

—Yo tampoco.

—¿No estás nervioso? —preguntó acercándose más.

—Un poco, la verdad.

—Yo también —volvió a sonreír—. Todo es tan raro. Primero la mudanza y ahora esto.

—¿La mudanza? —dije confuso.

—Sí, claro. ¿Tú no has tenido que mudarte? —negué con la cabeza—. ¿Vives aquí?

—Sí, a media hora en metro. ¿Tú eres de fuera de la ciudad?

—Y tan de fuera —dijo ella con un suspiro—. Pero bueno, no me puedo quejar. Al menos no he tenido que buscar un piso de alquiler o algo así.

—¿Ah, no?

—No. Resulta que mi hermano vive en la ciudad, así que me ofreció quedarme en su casa. Dice que si con el tiempo quiero mudarme y tener mi propio lugar, puedo irme, pero que me viene bien estar con él al principio, al menos hasta que haga amigos y conozca un poco la cuidad. Y creo que tiene razón. De todas maneras, prefiero vivir con él que sola, o compartir piso con vete-tú-a-saber-quien. Además su piso es enorme y muy bonito, y está cerca de aquí... —se encogió de hombros—. Supongo que me resulta más cómodo así.

Su voz era algo aguda, pero muy dulce y hablaba muy rápido. No fue hasta que la conocí mejor que supe que sufría de una tremenda verborrea cuando estaba nerviosa. Me cayó bien inmediatamente.

—Al menos te ahorras el alquiler —dije no muy seguro de que ese fuera un problema para ella.

—Sí, es verdad. Pero eso no me preocupa, es que no me hace gracia eso de vivir sola. Me da mucho miedo estar sola en una casa. No te rías de mí —continuó al ver la cara que yo ponía—, ya sé que es muy infantil, pero no lo puedo evitar, cuando estoy sola en casa y oigo un ruido me asusto muchísimo, así que prefiero vivir con mi hermano. Aunque él no para mucho por casa, la verdad, trabaja mucho, pero al menos no paso las noches sola.

—¿Cuánto hace que te mudaste?

—Sólo una semana. Aún no conozco la ciudad, hoy tuve que pedirle a mi hermano que me trajera en coche, aunque creo que él se hubiera ofrecido de todas formas, porque dice que no es bueno venir sola el primer día, y la verdad es que se lo agradezco, esta ciudad es tan grande… creo que si me dejaran sola me perdería.

—Bueno, puedes viajar en metro, no es tan complicado —dije por ayudar—. Una vez que te conoces la ruta, luego ya siempre es la misma. Y con los mapas y eso, enseguida te orientarás.

—Pero es que yo nunca he viajado en metro —me contestó con los ojos muy abiertos.

Mi primera reacción fue reírme, pero por su cara supe que no estaba de broma.

—¿En serio?

—A mi padre no le gusta el metro. Dice que en él sólo viajan maleantes y drogadictos, aunque mi hermano asegura que son exageraciones suyas, que es un elitista.

—¿Y entonces? ¿Cómo ibas de un sitio a otro? ¿En bus?

Negó con la cabeza.

—Me llevaba el chofer.

Puse los ojos en blanco.

—¿En limusina? —pregunté con una malicia que no le resultó desapercibida.

—Oye, ¿te estás burlando de mí?

—No, lo siento —contesté sin mucho convencimiento, porque no dejaba de reírme.

—No, sí la culpa es mía, por boba —suspiró—. Mi hermano dice que soy una niña mimada, que he dejado que mi padre me sobreprotegiese. Dice que ahora debo salir de la burbuja y hacerme independiente y madurar.

—Vaya —noté que no dejaba de hablar de su hermano—, parece que te importa mucho lo que él opina.

—Sí, es que él sí es maduro e independiente, se fue de casa muy joven y ha vivido solo desde entonces. Nunca se ha llevado bien con mi padre y por eso le admiro, porque ha salido adelante él solo. Creo que cuando me dice esas cosas lo dice para ayudarme, aunque en realidad tengo la sensación de que él mismo no puede dejar de protegerme también, que por eso quiere que viva con él. Pero de todas formas, me parece a mí que no le viene mal la compañía.

—¿Y eso? —dije más bien por cortesía mientras sacaba mi cuaderno y unos bolígrafos de las mochila.

—Creo que se siente un poco solo. No me lo ha contado mucho, ¿sabes? Pero me parece que acaba de sufrir un desengaño amoroso o algo así. Está un poco triste.

—Vaya —contesté algo despistado. El profesor acababa de entrar en clase y todos en la clase guardaron silencio, incluso Clara se había callado.

—Buenos días —el profesor era un hombre de unos treinta y tantos, con una barriga un poco prominente—. Bienvenidos a todos a esta universidad. Me llamo Rafael Montesdeoca y, como ya deben saber, voy a darles la asignatura de Microbiología. Al menos en primer curso. En los sucesivos cursos les daré otras asignaturas obligatorias y algunas optativas. Pero bueno, dejemos de hablar de mí —posó su maletín sobre la mesa y sacó unos papeles—. Lo mejor será que empecemos por conocernos. Voy a pasar lista —dejó los folios sobre la mesa—. No espero aprenderme el nombre de todos en un mismo día, pero así al menos me iré familiarizando con vuestras caras.

Rafael empezó a pasar lista y el ambiente de la clase se relajó un poco. Empezaron a oírse algunos murmullos y los alumnos sólo estaban atentos el tiempo suficiente para oír su nombre y decir: “presente”. Poco después de que dijera mi nombre Clara volvió a inclinarse hacia mí.

—Me gusta tu nombre.

—¿Eh?

—Noah Estévez. Es un nombre bonito.

—Vaya gracias —pensé que como cumplido era un poco extraño, pero era un cumplido al fin y al cabo.

—Ojalá yo tuviera un apellido que sonara tan bien. Mi apellido es muy raro, y nadie lo sabe pronunciar, pero el tuyo es bonito, suena…no sé, muy español.

Iba a contestarle cuando oí un aumento de los murmullos y me fijé en que el profesor parecía estar teniendo problemas para pronunciar algún apellido.

—Van…, Vanquer…co… —al final pareció rendirse en medio de las risas de los alumnos y sonrió—. ¿Clara, por favor?

Entonces me fijé en que Clara se ponía de pie y sonreía como si hubiese estado esperando ese momento.

—Clara Van Kerckhoven, profesor. Fan-ker-ko-fen.

Luego se sentó y me dedicó una sonrisa mientras a mí se me helaba la sangre. Por primera vez me fijé en que sus ojos eran grises.

—Ya te lo dije, siempre me pasa lo mismo cuando estoy en España. Nadie sabe pronunciar mi nombre.

Concurso de Navidad

Hola todos!! En el blog Tsuki no Yume Yaoi se ha convocado un concurso navideño. La idea es convocar obras, ya sean literarias o artísticas, de temática navideña y homoerótica, ¡menuda mezcla eh! ¿Quien no quiere ver un book así??? Así que animos a todo el mundo a participar, pasaos por el blog de Praxis para más información.

Ganadora del concurso de microrrelatos encadenados, 2ª edición.


La verdad es que esta vez el ganador no se ha decidido hasta el último momento, la votación ha sido muy reñida, tanto que en la encuesta de mi blog han quedado ambos relatos empatados (con siete votos cada uno), ha sido en el blog de Mavya donde se ha producido el desempate, quedando con 18 votos en total, la ganadora frente a los 15 votos que la otra autora, como veis muy ajustado el resultado!
Y la ganadora ha sido: ¡¡¡Nut!!! con su relato "Quien busca encuentra".

Quien busca encuentra.

Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocara pasarlo solo después de todo.

Contempló deleitado al culpable de sus esperanzados pensamientos, hermosamente enhiesto bajo un ramillete de muérdago, devolviéndole una mirada insondable de un verde diáfano, insinuando sin pudor su exquisito cuerpo apenas velado tras los costosos vaqueros y el ajustado jersey de cachemira. Parecía invitarle con sus labios entreabiertos a un lúbrico beso navideño. ¡Decidido!, casi gritó incendiado de deseo. Éste se viene conmigo a casa, ahora. Sólo intuía un contratiempo en su prometedora relación, lo difícil que iba a resultar convencer a aquella dependienta de vigilante y suspicaz expresión, que lo suyo con el maniquí era amor a primera vista.

Nut (http://medianocheeneljardin.blogspot.com/)

Así que Nut, recibe el premio del concurso de microrrelatos encadenados y muchas felicidades!!

Para los demás, que haya ganadora significa también que queda convocado la tercera edición del concurso. Esta vez, los relatos deben empezar por la frase: "Lo suyo con el maniquí fue amor a primera vista". Recuerdo las bases del concurso para que no haya equívicos.

-Los relatos enviados deben ser originales (no se admitirá fanfiction), inéditos (no previamente publicados en otros soportes), con una extensión máxima de 100 palabras, sin incluir el título ni la frase inicial.
-No se aceptarán relatos que contengan faltas de ortografía, emoticonos, etc.
-Lo relatos se enviaran por mail a la dirección:
concursoderelatos@yahoo.es
-El tema será libre, aunque siempre empezando por la frase propuesta.
Esta vez, y por ser las fechas que son, los relatos deben tener un tema navideño o estar ambientados en navidad.
-El plazo para envíar los relatos será de dos semanas, hasta el viernes día 20 de noviembre, ese día los relatos participantes de publicaran en nuestros blogs.
-Luego se darán otras dos semanas para que los lectores voten el relato que más les haya gustado, hasta el día 4 de diciembre, cuando tendremos un nuevo ganador.
-Al igual que esta vez, el ganador recibirá el premio de concurso de microrrelatos, y la frase final de su relato será la de inicio para los relatos de la siguiente convocatoria.

Pues nada, a escribir! que espero toneladas de relatos para esta convocatoria!!

Concurso de microrrelatos

Por razones ajenas a mi voluntad, no había podido publicar los microrrelatos para el concurso, aunque el plazo de entrega acabó hace dos días. Esta vez tenemos dos relatos, pero el nivel es (en mi humilde opinión) muy alto.

Pongo la encuesta para que votéis vuestros favoritos, tendréis hasta el día 6 de noviembre para votar. Suerte a las participantes.

Quien busca encuentra.

Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocara pasarlo solo después de todo.

Contempló deleitado al culpable de sus esperanzados pensamientos, hermosamente enhiesto bajo un ramillete de muérdago, devolviéndole una mirada insondable de un verde diáfano, insinuando sin pudor su exquisito cuerpo apenas velado tras los costosos vaqueros y el ajustado jersey de cachemira. Parecía invitarle con sus labios entreabiertos a un lúbrico beso navideño. ¡Decidido!, casi gritó incendiado de deseo. Éste se viene conmigo a casa, ahora. Sólo intuía un contratiempo en su prometedora relación, lo difícil que iba a resultar convencer a aquella dependienta de vigilante y suspicaz expresión, que lo suyo con el maniquí era amor a primera vista.

Nut (http://medianocheeneljardin.blogspot.com/)

Otras cosas.

Bueno, sonrió, tal vez este año no le tocará pasarla solo después de todo. Como siempre hacía, quedó esperando.

Siempre esperaba, pero ellos nunca llegaban. ¿Por qué siempre le hacían lo mismo? Suspiró decepcionado y se tiró abatido a la cama.

Su compañero de cuarto, Damián, entró y le sonrió. Éste le devolvió la sonrisa y se le quedo mirando.

Que su familia tuviese vergüenza de ir a visitar a su hijo a un centro de rehabilitación, dejo de importarle por un momento.

Vio a su compañero y volvió a sonreír. Tal vez no estaba tan solo, tenía a su amigo, bueno eso hasta que lo conquistase.

London (http://mariana-letters.blogspot.com/)

Artistas Invitados: Apocalyptica



Actualizando esta sección que inaguré el mes pasado, seguimos nuestro recorrido por mi música alternativa favorita.
Apocalyptica es un grupo finlandés de Cello Metal, o Cello Rock, como ellos se autodefinen, cuyos integrantes tienen una importante formación clásica a sus espaldas en conservatorios de música. Debutaron en 1996 con un album de versiones de Metallica: "Plays Metallica by four Cellos". Tras el éxito de este primer album, publicaron dos años más tarde "Inquisition Symphony" otro album de versiones de canciones de grupos como Metallica o Faith no More. No fue hasta el año 2000 cuado publicaron un album con canciones originales "Cult", novedoso también por el uso de cellos eléctricos y colaboraciones vocales, una de ellas con Sandra Nasic, vocalista de los Guano Apes (otro grupo que nos visitará por aquí). A "Cult" seguirían "Reflections", "Apocalyptica" y "Worlds Collide".

Os dejo aquí con el video de su colaboración con Sadra Nasic, "Path Vol II"

El árbol de los comentarios, ¡no lo mates!